lo sentía, sentía todo. era una sensación extraña y no del todo agradable. llegaba a mí como una ráfaga de viento perdida en el aire y tenía que parar mi mundo personal para empaparme de ello. de repente me veía en un aeropuerto, casi al amanecer. ya me había despedido de los que, supuestamente, eran míos, y recorría los pasillos abarrotados de caras inexpresivas esperando a que saliese el maldito avión. estaba allí mucho antes de lo debido porque necesitaba esas horas para mí, para asimilarlo todo. encerrarme en un baño, mirarme al espejo, saber que todo aquello se transformaría en otra cosa que me daba miedo descubrir. era como si ese lapso de tiempo y todo lo físico que lo rodeaba me perteneciesen; era como si lo guardase en un bolsillo y me lo llevara conmigo a ninguna parte. tenía un sabor como a despedida, pero una despedida mucho más amarga, confusa y profunda; no había nada parecido a un adiós, nadie agitaba las manos o se daba dos besos en la mejilla. simplemente ahí estaba, de pie, destruida, esperando a reconstruir lo poco que quedaba.
cuando me monto en los aviones soy bastante más yo que nunca. veo en los pasajeros ese abismo que me distancia de las personas con una claridad brillante. hasta siento compasión, incluso ternura. no tengo claro todavía si de los demás o de mí misma. dejo que mi compañero descanse y mire por su ventanilla mientras yo hago mis cosas. y a pesar de sentirme incómoda en los puñeteros asientos, aún a pesar de que la comida es una bazofia y el tiempo pasa despacio y las películas que ponen en la pantallita son malísimas, me siento como un pájaro se sentiría dentro de su nido. creo que es porque indefectiblemente estoy destinada a volar.
sé bien qué pasará cuando llegue allí. nadie estaba para recibirme, para invitarme a un café y para cargar con todas las maletas. pero yo no era capaz de darme cuenta de todo eso porque estaba lo bastante tensa y angustiada y maravillada y preocupada y concentrada en no cagarla que pasaba por esos detalles rápido, sin prestarles ninguna atención. me fijaba en caras perdidas, en carteles en un idioma indescifrable aún a pesar de haberlo estudiado años, en direcciones tontas. cuestiones de supervivencia, me imagino.
supongo que lo más importante de todo eso, como siempre, era lo que estaba y no se veía. volver a casa al mediodía, abrir la puerta, dejar las cosas tiradas y fijarme en lo evidente; no había nadie. tenerme delante de esa forma tan violenta y peligrosa nunca se me ha dado bien. en el fondo, aquello era la realidad más indiscutible de mi vida. percibir la soledad como nunca antes, de una forma mucho más real y física, tanto que hasta podía verla con forma y huesos y carne. salía a la calle, ahí estaba. cada mes se iba haciendo más grande. ¿sabes? a veces, cuando me paro a pensar en ello, llego a la conclusión de que lo que en realidad estaba buscando allí no era nada más y nada menos que esa decepción atroz, un murmullo molesto que decía que las cosas no iban a saber mejor en ninguna parte. ese choque de realidad. acostúmbrate, maldita sea. no. no hay forma de hacer eso. necesitaría más vidas para conseguirlo, y solo tengo una. y aquí estoy, rodeada de gente con los ojos rasgados buscando algo que no he dejado de tener delante nunca. y, sin embargo, ellos parecían saber muchas más cosas que los demás. no sé cómo explicarlo.
no quiero que nadie entienda nada. sé bien que cuando lea esto en el momento exacto, sonreiré. no hará falta decir nada más.
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