miércoles, 27 de enero de 2016

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tan acostumbrada a sufrir el peso de los días, del cansancio de una existencia infeliz y las noches sin dormir, cualquier luz que alumbrase mi oscuridad personal era equiparable a respirar debajo del agua. podría describirlo como un encuentro inusual y fuera de lugar. aún a pesar del calor que desprendía, no terminaba de sentirme cómoda. no estaba acostumbrada a encontrarme con cosas bonitas por el camino, y mucho menos a que se dirigiesen a mí sin tener en cuenta las tormentas que eran mi sombra. 

en cuanto lo tuve delante torcí el morro. la intuición me decía que siguiera, que siquiera sin pensar en nada mas que él. que no hiciera preguntas, que no me plantease las respuestas; que rompiese mis costillas para dejar salir lo que hubiese dentro. me pareció buena idea. sin previo aviso ese calor se me agarró a los huesos, y sí, cometí el error de acostumbrarme, pero qué error más necesario, joder. respiré hondo. ¿qué estaba haciendo? la única respuesta fue encogerme de hombros y sonreír un poco. me entristecía pensar que hacía un tiempo que no sonreía así; los días empezaban a ser poco más amables, más tiernos y más suaves, y yo no sabía bien qué cojones estaba pasando, ni me importaba, ¿sabes? no, no me importa nada. 

no tengo control sobre mi velocidad. a veces se me escapa y entro a patadas en la vida de alguien. lamento no poder establecer un poco de margen de reacción. sencillamente soy incapaz. 
doy vueltas en la cama. no puedo dormir, ni despertarme; llenas demasiado ese espacio sin ni siquiera ser consciente de ello. amanece en Madrid.



domingo, 24 de enero de 2016

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a veces me invaden recuerdos muy concretos y lejanos, y sólo me duran un segundo: me da tiempo a experimentar las sensaciones y sentimientos que vivía entonces. Llega como una bala que atraviesa todo el cráneo, hasta el centro del cerebro, y allí hace florecer zarzamoras. Me recuerdo con cinco o seis años haciendo cosas poco normales para un crío. Caminando sola por los bosques que rodeaban mi casa, mi único objetivo era encontrar materiales para construir una cabaña donde poder refugiarme unas horas al día. Realmente quería hacerlo. Durante meses fui fabricando una estructura encima de unos árboles a los que se podía trepar fácilmente. Un día conocí un perro vagabundo que, por alguna razón, comenzó a seguirme. Todos los días nos íbamos juntos a la cabaña. Me parecía mucho más amable que la mayoría de la gente. Le llevaba comida y todo eso. Hablaba con él. Esas cosas.
En fin, aquellos tiempos eran mucho más sencillos. Realmente creía que haciendo eso podría evitar sentirme tan fuera de lugar, y, en cierto sentido, lo conseguía. En cambio, ahora me es imposible encontrar un poco de comodidad en el mundo. Mi vida consiste en escoger lo mejor de lo peor, no hay algo más allá. Al acordarme de las tardes soleadas de verano y verme a mí tumbada en la hierba sin pensar en nada, se me atragantan las entrañas y algo empieza a ir mal. Todo queda demasiado lejos. Absolutamente todo.