viernes, 27 de marzo de 2015

As you fall

Repté por la nieve aterrorizado al borde del colapso. Hasta ahora no había sentido ningún dolor tan atroz y destructivo como este. Mis piernas estaban rotas; llevaban rotas segundos, minutos, no lo sé, pero hasta este mismo instante no habían empezado a doler. Ahora notaba el peso muerto, la inutilidad de no poder moverme, de no poder huir. Pero no era solo eso. De mi boca no paraba de salir sangre. Escupía con violencia, asustado por la idea de ahogarme. El líquido caliente marcaba la nieve a mi paso. No me quedaba demasiado tiempo. Las costillas me estaban pinchando por dentro, rajándome, abriéndome alguna herida que no volvería a cerrar. 
Tuve unos unos últimos instantes para reflexionar. Me tumbé de costado y sentí aquél frío desgarrador que quemaba la piel y hacía arder el mundo, mi mundo. No venía enteramente de fuera. La nieve caía lentamente y la noche me engullía, despacio, siempre despacio, haciéndome entender lo que estaba pasando. Supongo que en el fondo de mi envenenada y podrida mente sabía. Nada de esto podía acabar bien. No conmigo, no con ellos.
¿Realmente merecía esto? 

En un intento desesperado miré hacia los lados con la esperanza de encontrar una mano que me pusiese en pie, una vez más, y me levantase de aquél horror. 
Pero no había nada. 
Nunca lo hubo, ciertamente. Creemos que las personas nos ponen en pie infinitas veces pero no son ellos, somos nosotros; decidimos salvarnos, decidimos coger esa mano en vez de rechazarla y morir con toda la dignidad que seamos capaces de reunir. Y en ese momento no tuve la opción de elegir. Simplemente iba a morir, lo sabía. Siempre lo supe. Imaginé mil escenarios, imaginé mis situaciones, pero lo que jamás se me pasó por la mente fue la idea de sentir aquél vacío tan devastador, aquella suavidad de terciopelo que me abrazaba y me llevaba hacia lo hondo en silencio, de forma casi solemne. Tampoco me imaginé que no habría nadie. 
En el fondo, es mejor así.

Me moví una vez más, como retorciéndome, queriendo... ¿el qué? ¿Rectificar? ¿Dar marcha atrás, fingir que todo está bien? Puede estar bien, tal vez si no hubiese dicho algo, tal vez, no sé, si en vez de abrir la boca pudiera haberme tragado todo lo que mueve mi alma como siempre habría evitado el desastre, tal vez...

Una de mis costillas se clavó agresivamente en el corazón. Noté una sacudida y, antes de desvanecerme en la nada, un cuerpo negro de sombras pasó a mi lado y susurró: descansa un poco.
Aquella noche de diciembre la nieve no dejó de caer.

domingo, 22 de marzo de 2015

d e s e r t o r

No sé si conoces esa sensación. 
A veces ocurría, llegaba sigilosamente y se asentaba en la parte trasera del cerebro, esperando, pacientemente, a hacer efecto. Me refiero a la sensación de desapego total hacia todo y todos; sentirse, desde el significado más profundo, incapaz de encajar. De encontrar algún hueco en el mundo y refugiarse a matar el tiempo como uno buenamente pueda. Espera, no quiero que me malinterpretes. Todo esto puede sonar tremendamente abstracto e imposible de descodificar, pero no me estoy refiriendo a eso, esta vez no; hablo desde la más estricta cotidianidad, esa triste realidad que nos abrocha al día a día y se acumula en el universo a cada segundo. Me refiero a no sentir esa necesidad, esa apetencia fundamental en la vida de cualquier persona. No tener ganas de comer, ver la televisión, leer un libro, sumergirse en Internet durante horas, llamar a alguien por teléfono, no sé, hacer algo. Quizá dormir, quizá tumbarse a escuchar música, tal vez a dar un paseo. Y normalmente estas salidas me ofrecen una escapatoria a esa sensación tan nauseabunda, pero es que hay veces que va más allá, la hija de puta no se detiene y llega hasta el fondo, hasta el más negro y profundo; ese que te hace plantearte, una vez más, ¿qué estoy haciendo aquí?
En esos momentos uno no se siente bien. En la forma más desgraciada e infeliz posible, uno no tiene ganas de vivir, pero tampoco de morir; la incomodez resulta casi insoportable. Resulta como ser inerte, como flotar en un cosmos vacío sin sonido. Y no hay forma de esquivarla. Tampoco hay forma de esquivar a los humanos, las horas del reloj, las clases de la universidad, las horas muertas al volver a casa, las estaciones del año, el corazón roto convertido en roca, la inutilidad social, todas esas cosas. ¿Sabes por qué? Sencillamente, viene de dentro. El mundo no tiene la culpa; nadie la tiene. Todo está adentro. En un hueco incapaz de desaparecer. 

lunes, 9 de marzo de 2015

one day you will teach me to let go of my fears

necesito irme de aquí
irme a un lugar en el que la vida sea
vida
y no un sueño borroso e infinito.

necesito sentir el viento en la cara, el sol en la piel
las gotas de lluvia cayendo
las estaciones pasar

quiero dejar de estar cansada
todo el rato.
quiero dejar de llenarme
de esta sombra oscura que cada vez carga
más peso.

no puedo más.
no hay sitio aquí
para mí.
nunca lo hubo y
me temo que nunca lo
habrá.

domingo, 1 de marzo de 2015

él

Dios.
Esa era la palabra con la que muchos solían definir su existencia. Se paseaba por las calles alardeando de su fuerza, de su seguridad, de su violencia con el mundo que le rodeaba y de la gente que caía en sus extrañas fauces de lobo. Era ese tipo de personas que no abundan. De esas que miran al abismo, el abismo les mira de vuelta y se retuercen, peleando a la contra, siempre a la contra. Sus intenciones fluctuaban entre el bien y el mal sin apenas darse cuenta. Mataba por proteger a los suyos pero, a la vez, los ataba con cadenas y si se atrevían a rebelarse contra su naturaleza monstruosa se aseguraría de que quedasen reducidos a cenizas. Siempre jugaba a ese juego de ser querido sin necesidad de querer. Era más sencillo, decía. No le gustaba sentirse dependiente de los demás. Su trabajo era simple: aparecer de la nada en el momento justo, decir las palabras exactas y desaparecer por donde vino. Pero nunca sucedía esto último. Le gustaba dejar su huella, su olor. Le gustaba ser recordado por sus hazañas de héroe de las sombras. Le gustaba impresionar, dejar ver al mundo una pequeña parte de su luz. Le gustaba todo aquello porque le ayudaba a sentirse menos solo. Menos inútil y perdido.
En su esquizofrenia ególatra y narcisista él creía que pasaba de puntillas por la vida de los demás. Se equivocaba. Tan solo su presencia causaba estragos. Llegaba a los demás como un terremoto imparable. El impacto les dejaba sin aliento y solo podían buscar más comprensión, más sorpresa, más contagio de su brillo deslumbrante e incomprensible. 
Le empezaron a llamar Dios.
Le pareció bien.
Pero con el paso de los años comprendió que esa especie de don no era una ventaja a la hora de convivir en un mundo como este. Estaba seguro de algo: no era de aquí. Por supuesto que salió del coño de una madre, por supuesto que nació en una ciudad concreta de un país cualquiera, por supuesto que tenía rasgos humanos, hablaba un dialecto, vivía en una sociedad, todo eso. Pero no era de aquí. No se sentía cómodo entre el resto y todos los que se acercaban inconscientemente lo sabían.
Al principio toda su frustración y confusión se volcaban en forma de agresividad e ira permanentes. Pataleaba si se alejaban y pataleaba si se acercaban demasiado. Le cabreaba no poder explicar nada a nadie y a la vez pretendía ser comprendido. Quizá esas contradicciones le llevaron a la locura. Pensaba en asesinatos, pensaba en suicidios, pensaba en injusticias, en traiciones, en salir corriendo hacia ninguna parte. Con el paso de los años ese fuego le consumió. Se transformó en una masa inmunda y amorfa que desprendía un olor a humedad y desgracia y noches de borrachera en soledad y ceniza acumulada en ceniceros y música creada para especímenes como él y mierda que no merece la pena detallar. 
Se sentía un Dios. Un Dios que podía poner patas arriba a cualquiera que tuviera el valor de involucrarse con él pero que no se sentía afortunado en ningún aspecto.
Su extraña condición le aportó superpoderes o algo semejante. Le resultaba ridículamente fácil entender los mecanismos cerebrales que llevaban a la gente a actuar de tal manera. Entendía a la perfección los sentimientos y sin embargo no los sentía ni los compartía con apenas nadie. Para él arreglar a los demás era un juego simple e incluso aburrido. Era capaz de conocer a miles de personas que le tendrían como prioridad mientras él seguía su camino y no miraba atrás. Recordaría a todos pero, con los años, nadie le recordaría a él. Y no pasaba nada porque tenía asumido el final. Sí, era capaz de reconocer los finales y aceptarlos. Alguien que le conocía excepcionalmente bien le dijo que una de sus mayores capacidades era la de morir y revivir día a día; recuperarse en poco tiempo y volver a abrir los ojos, una y otra vez. 

Se creía indestructible. En cierto modo lo era. Lo era porque cada día estaba más lejos del mundo y de lo que ello implicaba. Miraba hacia abajo y solo veía rutina, invierno, café por las mañanas, polvos por las noches, un sueldo a fin de mes, un libro mal escrito, un poema que solo entendía él.
Miraba hacia arriba y no veía nada. Absolutamente nada.

tú fuiste la solución durante un tiempo
cuando estaba solo,
irremediablemente solo y perdido,
te miraba.
en tus ojos sentía el peso del mundo y el coraje
que se me olvidaba que tenía.
y ahora que ya no estás 
pienso
a dónde iré
a dónde iré.