sentarse a escribir en un día sin lluvia, sin sol. hasta arriba de nicotina y ganas de mandarlo todo al cuerno. con cuánta frecuencia llega esa sensación tan conocida, ¿verdad? dejo que la depresión me muerda los talones, estoy cansada de correr; aminoro el paso, le doy la mano y nos sentamos un rato en mitad de la carretera. no hay mucho más que hacer salvo encender otro cigarro y perder la mente un rato por cualquier gilipollez mundana.
alguien que pasa de largo se ha parado un segundo a preguntarme que por qué siempre estoy tan triste. no sé, le respondo. realmente no lo sé.
veo en todas las caras un atisbo de ese sentimiento que me atormenta día y noche. logro percibir la tristeza allá donde vaya, entre las parejas de enamorados, en las familias cuando cenan en Navidad, en los niños cuando salen del colegio. una parte de mí se pregunta si ellos no la ven, y de ser así, ¿cuándo lo empezarán a hacer?
me subo a un autobús. ha sido un día bueno, me digo mientras voy sentándome. pongo una canción. la mierda se empieza a colar por las grietas del muro de hoy, que ya no aguanta; me atraganto, contengo las lágrimas. vuelve a morderme los talones esa hija de puta, ¿y sabes qué? no hay forma de pararla. tiene un tamaño descomunal. hace muchos años que me vi pequeña a su lado y dije, oye, no pasa nada, quédate un rato más.
estoy cansada. no hay ni un solo segundo en mi soledad que no me sienta así.
no me gusta lo que escribo. no me gusta escribir sobre ella. no me gusta escribir sobre la nostalgia constante que me martillea el cerebro. caras que ya no están, sonidos que se han perdido en un eco cada vez más difuso, botellines de cerveza sola en un bar, o en mi casa; cigarrillos a la mitad, relaciones que se estropean, un futuro cada vez más incierto. y ese refugio cutre que todo marginado social ha encontrado en internet, supongo.