lunes, 29 de diciembre de 2014

farewell

no quiero sonar como una víctima, tampoco como alguien dramático o peliculero, pero he pensado en acercarme a ti y contarte algo que lleva rondando mi mente desde siempre, de forma tímida y esquiva. es vergonzoso, en cierto sentido. y en otro jodidamente atrayente. 

no sabía ni por qué, ni cómo; cuando quise darme cuenta me había alejado de todo el mundo que me importaba. tuve un presagio maldito. sentía como si la última persona que quedaba en esa asquerosa lista de debilidades iba a decepcionarme.
acerté. 
me sentí mal. ahogado, débil. patético.
a veces, cuando me siento así, tengo una tendencia brutal a escarbar en tus recuerdos y sacarlos a la luz. a pensar en tu sonrisa grotesca, en tus dedos largos, en las plumas (¿eran plumas?) que salían de tu espalda esquelética. me acordaba de una noche en particular. me tumbé, destruido y agotado, y viniste a hacerme caso. supongo que ese día fue importante para mí porque por primera vez en mucho tiempo pude sentir tu tacto. fue breve, pero qué coño, es uno de esos momentos que se congelan en el tiempo y no se van. incluso notaba cómo me peinabas el pelo o lo enredabas o no sé qué mierdas hacías, pero me daba gustito. "en la vida y en la muerte yo seré esa sombra que no deja de crecer bajo tus pies". 
pues bueno, pensaba en todo eso. cuando siento que no me queda nada, ahí estás tú. estabas. joder. hasta decirlo me duele, hasta escribirlo en un ridículo teclado de ordenador me hace daño, pero es la verdad. ¿qué fue de ti? ¿qué fue de esa risa sarcástica, de esos "ey, da igual, todo da igual"? +

¿sabes una cosa? para mí, siempre fuiste la cara oscura de la luna. esa zona en al cual nadie salvo tú y yo... sí. no hace falta acabar la frase.

volví a poner los pies en la tierra y miré a mi alrededor. tenía ese impulso tonto, esa sensación que te entra cuando no puedes aguantar más el peso. una de dos; o tiras la piedra a un lado o dejas que te aplaste. en mi caso era simple. por un lado, quería llamarla. no tenía nada especial que decirle, aún a pesar de que parecía que nos habíamos guardado todas las opiniones para no hacer más daño. simplemente me apetecía escuchar su voz, esa puta voz, y que me preguntase como solía hacer, "¿qué tienes?". yo respondería, "lo de siempre". y fin. supervivencia garantizada.
la otra opción era más siniestra y parecía, como siempre, tener más fuerza. la misma fuerza que tendría un tiburón despedazando a su presa. 
ese pensamiento de coger un paquete de tabaco, unas latas de cerveza, irse lejos, muy lejos, y desaparecer. desaparecer literalmente. quizá en un río, quizá en un bosque, quizá en cualquier otra ciudad. lo suficiente para borrarse del mapa hasta que encontrasen los restos de un montón de mierda que no pudo tragarse del todo. tenía todo tan planeado que empezaba a volverse una opción real. incluso había pensado la última canción que quería escuchar antes de apagar la cosa. claro, coño, claro. tal vez lo tengo tan asumido que no me da por pensar, sería mejor que cerrases la boca, escandaloso de los cojones. pero tu consejo sigue retumbando en mis oídos. igual, da todo igual.

al final mi mente enturbiada logró encontrar una tercera salida. una que parecía no decantarse por ningún lado pero, a la vez, seguía ensanchando el camino del perdedor: continué aguantando el peso de esa maldita piedra hasta un mejor amanecer.

-r

jueves, 25 de diciembre de 2014

sabor a metal.

Creo que existen muchos tipos de soledad. Se suele hablar de una solo, pero hay más, ya lo creo que hay más. 

[...] él se sentía solo, espantosamente solo. Llegaba a casa y no había nadie. Sus pasos, al subir las escaleras en dirección a su habitación, retumbaban como un zumbido molesto en los oídos. Arrastraba sus cosas y en ese momento él creía a ciencia cierta que en vez de transportar libros, transportaba ladrillos. Para el caso, eran la misma cosa. Cuando abría la puerta, una oscuridad familiar le cobijaba; no solía dejar la persiana demasiado subida porque, sin saber exactamente cuándo, había decidido que la luz le molestaba. Entonces se acercaba al escritorio, encendía con un gesto lacio su juguete de evasión favorito y se tumbaba en la cama, haciendo tiempo, pensando, joder, same shit, different day. Pensaba en ello muy a menudo, sobretodo al despertarse. Le acompañaba un "otro más, otro más" al salir de la cama para prepararse un café que odiaba y así sobrevivir toda la mañana. 
Miraba a su alrededor. Algunos piensan que el silencio es la ausencia de sonido, pero él nunca creyó eso. Decía, "cuando no tienes a nada ni a nadie cerca, coño, escuchas una vibración, un pitido desquiciante, y entonces sabes que es el momento de salir corriendo de esa ausencia tan absoluta de todo".

Era esa soledad la que le atravesaba la piel. Venía a las tres de la tarde, pongamos. Nadie a quien llamar para salir, nadie a quien saludar al llegar a casa, nadie con quien sentarse a charlar sobre el día. Pensaba, ¿dónde está todo el mundo? O mejor dicho, ¿qué habrá sido de ellos? Le daba un poco de miedo pensar que en caso de emergencia emocional, al pulsar el 911, no hubiera señal al otro lado. Tenía pánico a esa sensación. Supongo que él sabía lo fácil que le resultaba destruir todos los lazos con los seres humanos. Cuando construyes todo tu mundo sobre ti mismo y no sobre los demás, es muy difícil sentirse a gusto entre ellos, y si te ves demasiado implicado, tiendes a escapar. Algo así se decía a veces. Y sentía esta mierda en cada Navidad, cuando caminaba por las calles empapadas por lo que horas antes había sido nieve y veía, a través de las ventanas, luces, árboles recargados de bolas y brillo, familias viendo la televisión y repartiendo puñeteros mazapanes... ¿sabéis, no? 

Y luego... luego estaba esa otra soledad.
Esa que le hacía sentir que la única solución razonable era abandonar sin dejar notas dramáticas o regueros de sangre o vómitos turbulentos en el suelo.
tal vez lo paradójico del asunto era que le golpeaba con más fuerza cuando estaba entre personas. sentía como si no tuviese nada que ver con aquello, como si hablase un idioma que nadie comprendía. y por más que rebuscaba entre la basura, jamás fue capaz de encontrar a alguien que se le pareciese, que sintonizase su puta frecuencia marciana. cada día era peor. cada conversación, cada paseo por el centro de la ciudad, cada tecla pulsada en su ordenador, era una gota más para un vaso que parecía no llenarse nunca. tumbado sobre su cama, mirando al techo, se preguntaba cuántas gotas más cabrían antes de volcarlo de una patada. notaba ese frío abismo incluso entre sus más estrechas amistades. tal vez eso era lo más aterrador de todo, no sé. pensar que aun amando a alguien, se sentiría solo, hoy, mañana, siempre. sonaba patéticamente dramático, pero con 12 años de edad, no daba para más. 

en realidad ese chico no iba demasiado desencaminado. ya se daría cuenta, años después, de que lo que decía no eran disparates ni malas rachas. y ese infeliz se daría cuenta de otra cosa: que, por azar del destino o por casualidades extrañamente necesarias, conocería a otro ser humano igual o más infeliz que él, y convivirían, ojalá, toda la vida, compartiendo esa frecuencia desconocida y cruelmente acogedora.



señor gris,
¿te has dado cuenta de que he dejado las mayúsculas atrás?

miércoles, 17 de diciembre de 2014

las luces en el cielo me indicaron el camino a casa.

decidí durante un largo periodo alimentarme de lo irreal, de lo distorsionado por el tiempo, de lo abstracto e intangible; elegí, como si fuese lo único valioso, masticar las frases que quedaron en el aire, tragar las escenas que se repetían una y otra vez en mi memoria, mantener en mi estómago las promesas de un futuro mejor y cagar lo inservible, lo que, aparentemente, era simple, estúpido, prescindible. escogí vivir en el pasado e ignorar el presente, pensando que no tenía nada mejor que ofrecerme.

por eso te veía. por eso me pasaba semanas sufriendo, acordándome de lo que era y ya no es.
recordaba, por ejemplo, el color de ese verano. tus miradas curiosas cuando me reía o bajaba las escaleras dando saltos, al igual que un pájaro. o todas esas veces que apartaste el mundo con un simple gesto para dedicarme toda tu atención. de tus felicitaciones en año nuevo, de los fragmentos de canciones que me enviabas, del tacto frío de tus manos. todo aquél maremoto emocional me arrollaba cada vez que me venía a la mente tu nombre.
pasó el tiempo. no dejó de pasar. y era como si, de repente, sin darnos cuenta, nada de aquella época estuviese vivo. me preguntaba el por qué. ya no eras la misma persona.

mi error fue comprender demasiado tarde que yo tampoco.

¿sabes? lo he pensado mucho y sigo haciéndolo; no puedo pretender vivir enlazada con las sombras del pasado. porque el pasado es exactamente eso, algo que fue y ya no es. algo que arrastramos. algo que puede ser útil o una puñetera carga, y yo, estúpida, elegí que me pesase toneladas. ahora entiendo que no tiene ningún sentido. no puedo culpar a nadie, ni siquiera al tiempo, esa máquina espantosa que se arrastra sigilosamente por nuestras vidas. no eres la misma persona, evidentemente. a cada segundo que pasa dejas de ser quien eras y pasas a ser otra cosa. es algo complicado.

no sé si entiendes lo que quiero decirte. puedes pasarte el resto de tu vida rememorando como un imbécil, atascado entre dos paredes de irrealidad mientras afuera, en las calles, la gente sigue levantándose para ir a trabajar, llevando los niños al colegio y haciendo planes para el fin de semana. sí, es bastante más cómodo elegir no coger el tren, apartarse del camino y mirar con rencor a todo y a todos los que ya no te parecen que son como tú quieres que sean.
pero lo notas, ¿a que sí?
notas como poco a poco el vaso se va llenando de frustración, de tristeza, de nostalgia, de rabia. de soledad. como si el mundo fuese el culpable por haberte arrebatado la esencia de las personas que, aunque se parecen, ya no son. llevan el mismo traje: los mismos tatuajes, los mismos piercings, la misma sudadera, incluso conservan el olor, "pero ya no son". y lo peor es que cada vez que te los encuentras notas esa diferencia abismal entre el presente y el pasado, como si exhibiesen el cambio para hacerte daño, para recordarte que has elegido no coger ese tren en dirección futuro y ellos sí. es doloroso, ¿verdad? como un ultraje. como un puto ultraje incomprensible.

qué estupidez.

¿quieres verte ahogado en un mundo injusto y cruel? ahí tienes la fórmula. es como atornillarse los dedos de los pies al suelo. es como negarse a crecer, a cambiar. es negarse a la vida y a todo lo que ella significa.
he reaccionado demasiado tarde, pero ya no importa, no importa nada.
le prometí a un tipo que pasaría el resto de mi vida con él. bueno, se lo prometí a varios. también le prometí a mi padre que un día lo arreglaríamos todo. prometí no volver a enamorarme, a llorar por la misma historia. prometí luchar por salir a la superficie y no volver a hacer las cosas mal a posta.
prometí no echarle de menos.

te puedo garantizar que me he pasado media vida regalando promesas como si fuesen flores que arranqué de un jardín, y no me ha servido más que para una cosa; para decepcionar. quizá en otras personas funcione eso de someterse al anclaje más absoluto, pero, qué coño, esas cosas no van conmigo. porque las promesas son como el amor: palabras. un sonido, unas cuantas letras juntas, un meñique enredado con otro, y ya. yo no necesito ver palabras para creer en ellas. no sé. me lo he tomado siempre como un juego, como un desafío contra mí misma para ver hasta cuándo podía aguantar encadenada. no mucho, desde luego. ese tipo de comportamiento no es compatible conmigo. esto no es una disculpa. me gustaría pedir perdón, pero no lo siento; no siento nada.

tú ya no eres tú, y yo ya no soy yo, pero seguimos caminando juntos y mirándonos y bebiendo y mandándonos mensajes y todas esas cosas, joder, todas esas cosas.
comprendí que fijarme en la sombra de quien eras me había hecho olvidar que la parte tangible e importante estaba delante de mi puñetera cara.
porque, al final, lo que cuenta es que hoy tu y yo seguimos conectados.
es lo único que necesito.

lunes, 8 de diciembre de 2014

una tarde cualquiera en Madriz

de repente se puso
a llover
y tuve que resguardarme bajo un techo en
mitad de la
calle.

había una vieja a mi lado.
comenzó a hablarme,
y me dijo:
-con un poco de esperanza
pronto parará
de
llover.

no supe qué decir.

en ese momento el agua caló
mis zapatos
y la tristeza
me caló el
alma.

-r