domingo, 26 de junio de 2016

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Cuando empecé a racionalizar mi vida, a una edad cercana a los 5 años, entendí que no pertenecía a este lugar. 

5 años más tarde, inevitablemente, encontré un sitio al que pudiera, quizá, llamar hogar.

Internet siempre ha sido mi puerta a la comodidad, a la tranquilidad, al dominio y al control. Si me conoces un poco sabrás que no me gusta la gente. Es un gran esfuerzo para mí soportar el peso de la relación a largo plazo si es en persona. Gracias a internet puedo ser yo misma y desarrollar sentimientos positivos por alguien a la vez que me resguardo del contacto físico. Porque puedo disfrutar de la soledad y, a la vez, conversar con alguien. Es un poco paradójico, supongo. Aquella noche estaba buscando algo y no sabía bien qué era. Me topé con un grupo de música japonés que sólo se conocía en Asia y en América Latina. En el primer momento en el que escuché una sola de sus canciones se me inflamó el corazón; algo había vuelto a encajar. Los mecanismos se movieron hacia una dirección que siempre había estado marcada en el mapa; lo único que debía hacer era descubrirlo. 
Me sentía extremadamente desgraciada, sola y perdida. No tenía ni un solo amigo. No tenía a nadie más que a ti para hablar del tiempo, de mis inquietudes, de lo mucho que odiaba mi vida. De que me sentía asfixiada en un mundo que no estaba hecho a mi medida. Me comía la ansiedad, el suicidio. Era como un pájaro encerrado en la jaula equivocada. Y en aquél momento supe que había jaulas mejores. Que tenía una oportunidad, solo una, de sobrevivir. Y que si me aferraba a la idea de traspasar toda mi desgracia a aquella cárcel de barrotes más bonita, quién sabe, quizá podría brillar con intensidad. 

Fue ahí cuando tomé la firme decisión.
Casi doce años después no he cambiado de idea ni un solo segundo. 

Es una seguridad. Es una certeza. No hay nada más allá. La gente tiene metas que se me antojan absurdas. Ya he escrito sobre ello: todo el mundo quiere ser feliz. Sabías de sobra que yo no podía aspirar a eso. ¿Sabes qué? Toda esta asquerosa sociedad siempre te hace creer que es lo único que importa. No es así. Desde el prisma contaminado de mis ojos te puedo asegurar que, para mí, hay cosas más importantes que eso. 
Lo único que merece la pena realmente es excavar hasta lo más profundo y descubrir, de una vez por todas, qué es lo que me pasa. 
Y sé que dentro de unos años, cuando vea completada mi meta, lo sabré.

Tal vez muera por el camino. Tal vez no pueda soportar el peso de mí misma y esté cavando mi propia tumba. Tal vez me decepcione y me desdibuje. Pero quiero llegar hasta el final. 
Esto es jodidamente importante para mí, y ninguno de vosotros se hace una idea de hasta qué punto me duele el corazón y el cerebro por ello. 
Esto es lo último que escribiré hasta que regrese, pero antes de marcharme del todo quiero que sepas algo: todo esto siempre ha tenido tu firma.


Now I'm old and feeling grey. 
I don't know what's left to say about 
this life I'm willing to leave. 




sábado, 18 de junio de 2016

it comes back

cuando conozco a una persona intento descubrir qué tipo de lucha se disputa en su interior. es relativamente fácil descubrirlo, se ve a leguas. algunos no saben gestionar la frustración. otros no son capaces de enfrentarse a la soledad, y cuando lo hacen, siempre pierden. hay otras personas que no pueden mirar a la envidia a la cara. en mi caso es simple: la decepción.
es curioso como un mísero gesto en el momento equivocado puede cambiar tanto la percepción de una persona. no es coherente dejarnos guiar por un detalle tan simple, pero, en mi caso, me llama mucho más la atención que trescientas horas de sorpresa positiva. no puedo evitarlo. quizá es porque me sorprende más que me hieran a que me hagan sentir bien. no soy tan fácil de derribar. no soy tan fácil de decepcionar, pues racionalizo todos los procesos humanos y los reduzco a lo que son, nada importante, nada serio. pero hay ciertas cosas que aunque parezcan auténticas gilipolleces, ensombrecen mi percepción y activan el área del cerebro que suele aparecer en desconectado: el rencor. el rencor por haber sido capaz de desilusionarme, de hacerme sentir débil.

¿sabes qué? han tratado de joderme muchas veces a lo largo de mi vida. han intentado acabar conmigo un millón de veces, siempre he estado peleando por un lugar en el inmenso corral en el que todos estamos atrapados. esa ha sido mi historia. y las únicas personas que han podido retorcer mis entrañas han sido aquellas a las que he querido. quizá por eso soy tan difícil de retener; de la noche a la mañana puedo apagar una parte de las muchas cosas que apreciaba de ti. 

es algo que odio. es uno de mis grandes defectos. me dejo llevar en exceso por estas cosas precisamente por eso: me cuesta mucho confiar en los demás. me cuesta demasiado regalarme a mí misma. he peleado demasiado como para permitir que entren en mi mundo y lo desestabilicen con patéticos actos que se excusan bajo el pretexto de "soy humano". 

no me gustan en absoluto. es la especie que más desprecio, de la que menos me siento perteneciente aunque suene ridículo. 
sigo aferrándome al consejo que me diste hace años con aquello que nos pasó: "nadie es infalible". Es lo único, supongo, que me retiene a no quedarme físicamente sola. 



lunes, 13 de junio de 2016

ella.

la vida no ha hecho más que enseñarme que, a lo largo de los años, lo único que prevalece, paradójicamente, es lo efímero. me ha enseñado que todo lo que tiene un principio, tiene un final. que las cosas acaban muriendo, desapareciendo o simplemente se van transformando en algo insignificante, algo lejano al punto de partida. todas las películas y canciones y las historias en los libros y las promesas entre botellines han confundido la realidad. es algo bastante triste, si te paras a pensarlo. no parece que exista el infinito. nadie, por contra, me ha enseñado a aceptarlo. y es por eso por lo que las despedidas, los punto y final, los que te vaya bien y las últimas sombras de lo que fue me obsesionan. es la pequeña guerra que tengo en mi interior, y probablemente una de las más dolorosas; las despedidas de hace unos años aún queman dentro de mí. muchos piensan que soy estúpida, que le doy demasiada importancia. supongo que tienen razón. no es fácil adaptarse a la soledad y a la decepción, especialmente en personas que, de forma casi forzada, es lo único que han conocido. 

sin embargo hay un recuerdo que custodio y que marcó una gran diferencia.
era una tarde cualquiera, anochecía, y sentía que no merecía la pena vivir. tenía planeado suicidarme. algo bastante dramático para mis 12 años, creo. el caso es que desde el otro lado de la pantalla alguien me hizo levantar un momento la cabeza, olfatear el aire, agarrarme a la absurda posibilidad de que, por una vez, algo mereciese la pena. no hubo nada que me garantizase eso, ni siquiera nos conocíamos, pero sentí el chispazo en mi cerebro. era algo que me obligaba a no morir. a escarbar entre la mugre y descubrirla a ella. a descubrirme a mí en sus ojos, en su voz al otro lado del teléfono, en las tardes tirado por el suelo aprendiendo de su ser, en las noches de inquietud, en la distancia, sabiendo que algo iba mal. a día de hoy todavía lloro al recordar lo importante que fue ese día de enero en mi vida. me salvaste, ¿sabes? Con tu extraña luz, con tu calor insoportable y tu facilidad tan odiosa de colarte en mis barreras de acero me hiciste entender que merecía la pena levantar la cabeza y mirar hacia arriba. 

sin darte cuenta me hiciste creer que hay cosas que no se diluyen en el tiempo. que, a veces, las excepciones pueden llegar a cambiarte toda una vida. 

hace poco tiempo te hice una promesa. es una de las pocas cosas que he logrado cumplir. y no puedo evitar acordarme de aquél momento en el cual ya firmamos ese acuerdo, sin ni siquiera ser conscientes de ello. 

gracias por todo.