amanecer y que el calor asfixiante del verano se haya diluido entre gotas de agua, truenos y una brisa agradable.
arrancar pequeños pedazos de hierba a la espera de algo.
introducir los dedos en harina.
que ese olor tan extraño te golpee la nariz y en tu mente aparezca el deseo de jamás olvidarlo.
meter el secador a potencia mínima por dentro de la camiseta un enero cualquiera, mientras afuera está nevando.
escucharte dormir y sonreír levemente.
el primer trago de una cerveza negra, la primera calada de un cigarrillo húmedo.
llegar a la última página del libro, con lágrimas en los ojos, y leer despacio lo último que el autor quiso decir.
llegar a casa con la sensación de que el día fue maravilloso y sentirse completamente fuera de lugar. pero sonriendo.
dejar los cigarros a medias.
caminar por la orilla del mar de noche, hablando de nada.
escuchar una canción extremadamente familiar en el lugar exacto, en el momento justo, y saber que eras tú.
la vida jamás me trató bien. yo tampoco la traté bien a ella. es una guerra interminable, agotadora y rancia; he descubierto que la única forma de que nos entendamos es permitiendo el disfrute tímido y breve de las pequeñas cosas que podemos ofrecernos. no son muchas, pero a mí me sirven. supongo que cada uno se busca la supervivencia como puede.
a veces la convivencia se hacía imposible. inevitablemente tenía que encajar, de vez en cuando, entre esas conductas humanas tan extrañas y estúpidas y lejanas a mí. no las entendía bien. les veía agruparse, actuar como idiotas, hablar de temas banales mientras pensaban en follarse y todo eso, lo típico; bebí un poco. ni siquiera sabía bien, y se suponía que sabía bien. era un ambiente bueno, decían. todo el mundo se reía. jugaban, bailaban, se movían de un lado a otro diciendo muchas cosas a la vez. funcionaba aquella cosa, fuera lo que fuese, porque les hacía felices. cuando le cuentas esto a la gente marginada suele responder que en realidad no son felices, que la felicidad es otra cosa más profunda y exclusiva, y de veras que te crees esa mierda porque en ese momento de aislamiento piensas que eres especial, diferente y, por tanto, mejor. años más tarde descubres que todos hemos estado equivocados. la gente estúpida es feliz. la gente simple es feliz. la gente común es feliz. hablo de esos que salen los fines de semana y beben copas con amigos, de los que tienen una relación estable y bonita, de los que se quejan por el curro pero ahí siguen, de los que lloran por las noches porque no tienen un duro y demasiadas facturas que pagar. estas cosas nos suenan a todos, claro. pero hay una especie de barrera invisible que marca la distancia, la diferencia.
cuando miraba a esos idiotas me carcomía una sensación amarga. les odiaba. odiaba que se sintieran bien. porque yo me sentía increíblemente mal. sentía ganas de suicidarme. era una depresión lenta, relajada, conocida; entraba a cada trago y salía a cada calada. iba y venía a su antojo y nada se podía hacer. me sentía sola, enfadada, envidiosa, triste. y en realidad la única estúpida de ese puto local era yo. ¿qué había que hacer exactamente para encajar? ¿imitarles? no funcionaba nunca. es más, era ridículo e incómodo para todos. sabes, te ganas una reputación. eres el desgraciado que a pocos fascina y a casi todos incomoda. que siempre está amargado y lo ve todo como si fuese superior. cuando cambias esa actitud y tratas de encajar y hacer esas aburridas imitaciones y todo eso la gente desconfía. sea como sea me aislé. no aguantaba más las ganas de pegarme con alguien y que me inflasen, de llorar, de reventar en algún momento y arremeter contra el primero que se pusiera a tiro. me fui sin más.
siempre estoy peleando. es agotador.
es verdad, no me gusta la gente. no me gusta como se comporta, la actitud primaria y vomitiva. les odio a todos por igual, sin excepción. se me ha llenado la garganta de rencor y supongo que es porque a cada cosa que hago me alejo del resto, y aún creyendo que todos son estúpidos soy yo quién se siente así al final del día.
yo no he pedido esto. me fastidia. no he tenido opción, y noto que los demás siempre tienen donde escoger. a veces, cuando la gente me cuenta sus historias, sus sensaciones o su concepción de la realidad, me cambia bruscamente el humor. hacía muchos años que la felicidad ajena no me molestaba. las cosas cambian, supongo.
hay una razón por la cual detesto mi cumpleaños.
intento que me resulte indiferente. le vendo ese cuento a todos, queda bien. en realidad me deprime: se acumula un año más. nada cambia y todo va a peor. y da igual que hables de esto porque los seres humanos son incapaces de ver el todo, de abrir su mente hacia algo más allá de lo tangible que, en el fondo, no vale para nada salvo para que todo te joda tres veces más. aluden tu universidad, tu trabajo, tus amigos, tu pareja y todas esas cosas que supuestamente deberían hacerte feliz porque coño, estás avanzando, te haces adulto y todo eso. es realmente agotador. nadie entiende nada. todo el mundo está demasiado confuso, demasiado lejos.
supongo que mi sitio está al final de la barra donde la luz apenas ilumina un carajo, cerveza en una mano, cigarro en la otra, sonrisas sarcásticas llenas de veneno, conversaciones patéticas, ganas de morir. es lo de siempre, ¿sabes?
y que los demás se reúnan entre ellos.
“I felt like crying but nothing came out. it was just a sort of sad sickness, sick sad, when you can't feel any worse. I think you know it. I think everybody knows it now and then. but I think I have known it pretty often, too often.”