me despierto. algo pincha, algo presiona, pero es demasiado leve para prestarle atención. no puedo perder más tiempo. me siento patéticamente atada a cosas que me inspiran amor, toma de decisiones, dar algo de mí que ni yo conozco, y eso me hace sentir mal. intento evadirlo con un café que ni siquiera quiero tomar; con un cigarro que no quiero fumar; con una canción que me cansa. me pregunto qué tendrán los demás en la mente. cuando voy en el autobús o cuando espero una cola intento creerme que puede haber alguien más desgraciado que yo a un radio de un kilómetro. no me lo creo, simplemente. no tengo esperanzas de encontrármelo. pero me hace gracia la idea.
todo transcurre sin nada interesante que decir. llevo el traje de ser humano parcialmente impermeable a la vida. intento pasar desapercibida a ojos de los demás. no lo consigo muy bien. no me interesa hacerlo. ya no. no sé bien qué quiero, cuál es mi objetivo exactamente. dejo que la depresión me muerda un poco. intento acordarme de tiempos mejores y descubro que no los hubo, eso me deprime más. ya no puedo salir de aquí. dejo que me llene, que se quede. noto picor en el hocico y bufo, reprimo el llanto, me río de mí misma. de un año a esta parte, si me concentro bien, en cuestión de dos minutos podría echarme a llorar mientras como, mientras le pregunto al profesor algo, mientras follo, mientras camino. me siento excepcionalmente mal y no deja de sorprenderme. no consigo entender nada.
todo es injusto pero no noto frustración, no le deseo a nadie que cargue con mis desgracias. me vuelvo egoísta con la porquería que almaceno. egoísta, sucia, incomprensible. esto tiene más valor que todo lo que he conocido. al menos eso siento ahora mismo mientras escribo algo que no quiero escribir.
“Al tener a alguien cerca, la soledad es más cruel.”
