Una vez conocí a una mujer cuyos ojos traían tormentas, y en la profundidad de sus huesos se olía la humedad del mar. Su vida era tan imperfecta como su forma de andar por el mundo; caótica, errática, poco natural. Se notaba, a poco que hablases con ella, que estaba adaptada a existir entre el resto de personas, y casi podía engañarte con su espontaneidad. Sin embargo, pronto supe que esa mujer escondía un rechazo inevitable hacia todo lo demás, hacia todo lo que no fuese suyo; su alma se retorcía ante la idea de tener que seguir participando en aquello, pero lograba contenerla con muros de acero. Conocí a una mujer capaz de llevarte a la locura. Sabía lo que tenía que decir, cómo tenía que decirlo, qué artimañas hacían falta para hacerme sentir protegido, interesante, alguien digno, quizá. De repente noté mis entrañas abrirse para ella, la noté colándose por cada rincón, era demasiado tarde; ya era suyo. Conocí a una mujer que no llamaba la atención queriendo. Todos nos girábamos para observarla atrapados de inmediato por sus pasos, por su pelo, por sus inesperadas respuestas. Era como enfrentarse a una especie desconocida. ¿Sabes? Conocí a una mujer que, durante un rato, me hizo sentir afortunado. Me hizo regalarle mi alma pensando que yo podría obtener la suya y quedármela egoístamente, pero no fue así; en poco tiempo descubrí que era imposible retenerla, se escapaba entre mis dedos como arena, como humo. Volaba hacia una dirección que no podía seguir. Esta mujer me hizo comprender con el paso de los años que era mejor así. Que las barreras que había construido no se podían escalar, y que no era necesario hacerlo. Me enseñó que las despedidas nunca son un adiós, sino un hasta que volvamos a coincidir; que no tenía que quedarme con el sabor de dejarla volar y, que en cambio, guardase sus plumas en un cajón y las mirase de vez en cuando a media sonrisa. Ella volvería. En las tormentas de sus ojos se escribió esa especie de promesa.

killing all the flies . mogwai