domingo, 22 de marzo de 2015

d e s e r t o r

No sé si conoces esa sensación. 
A veces ocurría, llegaba sigilosamente y se asentaba en la parte trasera del cerebro, esperando, pacientemente, a hacer efecto. Me refiero a la sensación de desapego total hacia todo y todos; sentirse, desde el significado más profundo, incapaz de encajar. De encontrar algún hueco en el mundo y refugiarse a matar el tiempo como uno buenamente pueda. Espera, no quiero que me malinterpretes. Todo esto puede sonar tremendamente abstracto e imposible de descodificar, pero no me estoy refiriendo a eso, esta vez no; hablo desde la más estricta cotidianidad, esa triste realidad que nos abrocha al día a día y se acumula en el universo a cada segundo. Me refiero a no sentir esa necesidad, esa apetencia fundamental en la vida de cualquier persona. No tener ganas de comer, ver la televisión, leer un libro, sumergirse en Internet durante horas, llamar a alguien por teléfono, no sé, hacer algo. Quizá dormir, quizá tumbarse a escuchar música, tal vez a dar un paseo. Y normalmente estas salidas me ofrecen una escapatoria a esa sensación tan nauseabunda, pero es que hay veces que va más allá, la hija de puta no se detiene y llega hasta el fondo, hasta el más negro y profundo; ese que te hace plantearte, una vez más, ¿qué estoy haciendo aquí?
En esos momentos uno no se siente bien. En la forma más desgraciada e infeliz posible, uno no tiene ganas de vivir, pero tampoco de morir; la incomodez resulta casi insoportable. Resulta como ser inerte, como flotar en un cosmos vacío sin sonido. Y no hay forma de esquivarla. Tampoco hay forma de esquivar a los humanos, las horas del reloj, las clases de la universidad, las horas muertas al volver a casa, las estaciones del año, el corazón roto convertido en roca, la inutilidad social, todas esas cosas. ¿Sabes por qué? Sencillamente, viene de dentro. El mundo no tiene la culpa; nadie la tiene. Todo está adentro. En un hueco incapaz de desaparecer.