Dios.
Esa era la palabra con la que muchos solían definir su existencia. Se paseaba por las calles alardeando de su fuerza, de su seguridad, de su violencia con el mundo que le rodeaba y de la gente que caía en sus extrañas fauces de lobo. Era ese tipo de personas que no abundan. De esas que miran al abismo, el abismo les mira de vuelta y se retuercen, peleando a la contra, siempre a la contra. Sus intenciones fluctuaban entre el bien y el mal sin apenas darse cuenta. Mataba por proteger a los suyos pero, a la vez, los ataba con cadenas y si se atrevían a rebelarse contra su naturaleza monstruosa se aseguraría de que quedasen reducidos a cenizas. Siempre jugaba a ese juego de ser querido sin necesidad de querer. Era más sencillo, decía. No le gustaba sentirse dependiente de los demás. Su trabajo era simple: aparecer de la nada en el momento justo, decir las palabras exactas y desaparecer por donde vino. Pero nunca sucedía esto último. Le gustaba dejar su huella, su olor. Le gustaba ser recordado por sus hazañas de héroe de las sombras. Le gustaba impresionar, dejar ver al mundo una pequeña parte de su luz. Le gustaba todo aquello porque le ayudaba a sentirse menos solo. Menos inútil y perdido.
En su esquizofrenia ególatra y narcisista él creía que pasaba de puntillas por la vida de los demás. Se equivocaba. Tan solo su presencia causaba estragos. Llegaba a los demás como un terremoto imparable. El impacto les dejaba sin aliento y solo podían buscar más comprensión, más sorpresa, más contagio de su brillo deslumbrante e incomprensible.
Le empezaron a llamar Dios.
Le pareció bien.
Pero con el paso de los años comprendió que esa especie de don no era una ventaja a la hora de convivir en un mundo como este. Estaba seguro de algo: no era de aquí. Por supuesto que salió del coño de una madre, por supuesto que nació en una ciudad concreta de un país cualquiera, por supuesto que tenía rasgos humanos, hablaba un dialecto, vivía en una sociedad, todo eso. Pero no era de aquí. No se sentía cómodo entre el resto y todos los que se acercaban inconscientemente lo sabían.
Al principio toda su frustración y confusión se volcaban en forma de agresividad e ira permanentes. Pataleaba si se alejaban y pataleaba si se acercaban demasiado. Le cabreaba no poder explicar nada a nadie y a la vez pretendía ser comprendido. Quizá esas contradicciones le llevaron a la locura. Pensaba en asesinatos, pensaba en suicidios, pensaba en injusticias, en traiciones, en salir corriendo hacia ninguna parte. Con el paso de los años ese fuego le consumió. Se transformó en una masa inmunda y amorfa que desprendía un olor a humedad y desgracia y noches de borrachera en soledad y ceniza acumulada en ceniceros y música creada para especímenes como él y mierda que no merece la pena detallar.
Se sentía un Dios. Un Dios que podía poner patas arriba a cualquiera que tuviera el valor de involucrarse con él pero que no se sentía afortunado en ningún aspecto.
Su extraña condición le aportó superpoderes o algo semejante. Le resultaba ridículamente fácil entender los mecanismos cerebrales que llevaban a la gente a actuar de tal manera. Entendía a la perfección los sentimientos y sin embargo no los sentía ni los compartía con apenas nadie. Para él arreglar a los demás era un juego simple e incluso aburrido. Era capaz de conocer a miles de personas que le tendrían como prioridad mientras él seguía su camino y no miraba atrás. Recordaría a todos pero, con los años, nadie le recordaría a él. Y no pasaba nada porque tenía asumido el final. Sí, era capaz de reconocer los finales y aceptarlos. Alguien que le conocía excepcionalmente bien le dijo que una de sus mayores capacidades era la de morir y revivir día a día; recuperarse en poco tiempo y volver a abrir los ojos, una y otra vez.
Se creía indestructible. En cierto modo lo era. Lo era porque cada día estaba más lejos del mundo y de lo que ello implicaba. Miraba hacia abajo y solo veía rutina, invierno, café por las mañanas, polvos por las noches, un sueldo a fin de mes, un libro mal escrito, un poema que solo entendía él.
Miraba hacia arriba y no veía nada. Absolutamente nada.
tú fuiste la solución durante un tiempo
cuando estaba solo,
irremediablemente solo y perdido,
te miraba.
en tus ojos sentía el peso del mundo y el coraje
que se me olvidaba que tenía.
y ahora que ya no estás
pienso
a dónde iré
a dónde iré.