Hoy te vi.
Ibas del brazo de una chica. Ella te agarraba como si quisiera retenerte y tú mirabas hacia la nada. Me pareció que ibas perdido dando tumbos sin buscar nada en concreto, esperando a que algo interesante pasase. No sé de qué te estaría hablando ella. Al principio iba bien. Te seguí unos minutos, sorprendida, muerta de curiosidad y, por qué no decirlo, terriblemente asustada. Deseaba que dejases de escuchar a esa chica y girases la cabeza en mi dirección. Que nuestras miradas se encontrasen de nuevo en una casualidad de lo menos casual.
Entiéndeme un poco, pensé. Hace meses que no hablamos. Hace meses que nos apartamos del mundo un rato para drogarnos y beber y follar y hacer cosas que no tenían demasiado sentido, y desde entonces te perdí la pista. Joder, ni me acuerdo de tu nombre.
De tal manera que te seguí como un depravado haría con una cría al salir del colegio. Ella se alejó un rato y pudimos, por fin, cruzar esa mirada que tanto me merecía la pena. Y ahí estabas. Tú, todo tú, entero y sin letra pequeña. ¿Sentiste ese tumbo al corazón? Yo un poco. Sentí que me pertenecías y te pertenecía y me puse algo cachonda y algo triste y murmuré qué cojones estoy haciendo con mi vida que ya voy borracha otra vez. Me dieron ganas de escapar, de darme la vuelta y huir de aquella memez, pero era demasiado tarde. Ya estabas andando en mi dirección. Te cogí de la mano sin decir nada y corrí, corrí para alejarte de ella. Que le jodan, maldita sea. Había mucha gente a nuestro alrededor pero yo me sentía desvastadoramente sola, y noté que tú también. Así son las cosas. Es el rollo, el nuestro, quiero decir. Entramos en un callejón y tiraste de mí. Querías besarme, meterme algo de mano y preguntarme cómo me iba la vida a pesar de la evidencia. Pues bueno. Lo acepté todo sin sonreír demasiado. Y entonces, de repente, esa ansiedad idiota por saber tu nombre para acordarme y gemirle a alguien en concreto desapareció. Lo que de verdad me interesaba era tenerte unos segundos para mí sola y contarte lo mucho que te había imaginado apareciendo por alguna calle de Madrid del brazo de una chica.
Y es que hay veces que no se necesita un café para hablar, una cama para follar, un te quiero para querer o mil años para confiar en alguien. Esos segundos en los que conseguí secuestrarte bastaron para hacer todas esas cosas.
No paro de preguntarme cuándo la casualidad me golpeará en la cara de nuevo y me regalará otra vez esa forma tuya de desgarrarme la vida.