jueves, 7 de abril de 2016

8

la habitación a oscuras, botellines de cerveza vacíos por el suelo, humo flotando por el espacio, las luces de madrid entrando por la persiana bajada, las plantas muriéndose, el ruido de la noche acabando allá afuera. no estábamos en condiciones de hablar. ni siquiera de mirarnos. tumbados en el mismo colchón y abismos que nos separaban, de eso podría hablaros hoy. podría hablar, en realidad, de tantas cosas. mencionaría las cosas buenas que pasan y nadie percibe hasta que las pierde; los pequeños detalles que empiezan a tener importancia cuando dejan de darse; la cantidad de conversaciones olvidadas que hoy trato de recordar. hablaría de todos los buenas noches que nos dedicamos, de las canciones que compartimos a través de sms, de las miradas que parecen tener mucho más valor del que realmente tienen. 

qué se yo. pensé en todo esto mientras te escuchaba fumar. ni tú ni yo estábamos pensando el uno en el otro, y lo sabíamos, pero nos parecía bien. cada uno luchaba contra lo que podía. me entraron ganas de llorar. con respecto a esto tengo rachas: a veces no lloro en años, y hay otros, en cambio, que me provocan más lágrimas que cualquier muerte. cada decepción resulta ser como un ladrillo que coloco en mis fronteras contra el mundo. 

me revolví un poco y cerré los ojos. no podría darse esa sensación de estar fundida con la vida. no podría llenarme los pulmones respirándola ni tampoco podría bailar por el universo. aquella noche le declaré la guerra a todo y todos porque jamás contaría con aliados. entendí, con dos litros de más, que estaba sola.