sábado, 22 de octubre de 2016

Karasuma

Me reconozco una persona de repeticiones. Escucho las mismas canciones desde hace años, veo las mismas películas, utilizo las mismas camisetas, considero los mismos sitios como algo especial. Soy capaz de sentir las mismas cosas que hace 10 años, un poco descafeinadas, quizá, pero con el mismo olor. Mi cuerpo se sigue moviendo entre la comodidad de lo conocido, huyendo del pánico a conocer. He perdido la capacidad de adaptación. O tal vez no quiera adaptarme a lo nuevo. Es así como funciona mi cerebro; rechaza las situaciones que puedan arrancarme del nido en el que he construido mis frágiles, y a la vez sólidos, pilares. 

Cuando me asomé al balcón era de noche, pero las luces de Shibuya aclaraban la oscuridad. El piso no era nada fuera de lo común, pero me anclé brevemente a la posibilidad de verme en diez años paseando por esos callejones. Se podía ver un parque, rascacielos, gente regando las plantas antes de entrar y cenar. Me imaginé entrando en los mismos restaurantes; en las mismas tiendas, cogiendo los mismos metros, sintiendo la misma calidez del verano. También me imaginé subiendo al Tokyo Sky Tree, muerta del pánico, con la estúpida idea en la cabeza de volver a encontrarte. Te aseguro que es el único sitio en el que no volvería a ir si no fuese por ese pequeño y crítico detalle. Incluso ahora, mientras fumo un cigarro y escribo estas líneas, vuelvo a sentir la misma sensación de náusea que entonces. 

Es curioso, ¿verdad? La imposibilidad de avanzar mientras la vida te obliga a seguir caminando. 

Me gustaría tener el valor de enfrentarme a aquello y escribir varias páginas, pero no soy capaz. Para cuando esté preparada será demasiado tarde, y volveré a contarte lo imbécil que fui por no materializar algo tan importante, por haberme perdido en esa comodidad.