Suelo pensar mucho en todo esto.
Una vez comprendí que todo lo que empieza, se desarrolla y muere. Y no hay nada que pueda detener ese proceso.
Te tenía. De veras. No era capaz de imaginar aquél corte en el tiempo, aquél final. Ah, final; qué palabra más espantosa. De la noche a la mañana todo acabó y los recuerdos empezaron a pasar corriendo por delante de mis ojos. Ya no había nada que hacer.
Tal vez sea impotencia. La rebeldía tan humana de ignorar su humanidad, de resistirse a la vida y a sus leyes destructivas. Posiblemente sea ese sentimiento de desesperanza y soledad cuando las cosas se terminan, cuando las relaciones se diluyen; cuando te miro y ya no te veo. Porque a pesar de compartir conversaciones, de dormir juntos, de tener lazos aparentemente indestructibles, yo ya he visto cómo se está muriendo. ¿Y qué queda, entonces? ¿La resignación? ¿La apatía?
Sinceramente no soy capaz de determinar qué es más doloroso - si un final abrupto y precipitado o algo paulatino; pero si tuviese que decidirme, sin duda alguna elegiría la segunda opción. Porque lo sabes, porque lo sientes, porque lo hueles en el aire. Porque hagas lo que hagas ya empezó la cuenta atrás y eso que amas, admiras, necesitas o incluso odias, se evapora como el humo de un puto cigarro. Se va.
Y hay algo que me pregunto.
Cuando toda esa mierda decide desaparecer, ¿a dónde se marcha? ¿a dónde vamos nosotros?
"Y ya, tumbado otra vez en el lecho del desorden, observaba los pequeños astros luminosos que colgaban del techo en mitad de la oscuridad, escuchando cómo se repetía en la siniestra habitación cerebral de mis archivos más secretos, una y otra vez, aquella sentencia; del azul del cielo al negro de la nada."
"Ya ha pasado un tiempo desde que fui a verte
No sé donde, pero no estás conmigo
Escuché una voz, como un eco
Pero venía de mí."