No lo entendía. Estaba fuera de mi alcance, fuera lo que fuese. Miré por la ventana y me fijé en la risa de los demás, en su forma de caminar, de toquetearse el pelo al hablar de sí mismos, todo eso. Parecía tan sencillo para ellos el asunto de la felicidad. Con beber cuatro cervezas y tocar culos bastaba. Con gastarse el dinero en materialismos estúpidos bastaba. Con recibir un beso, una caricia, un mensaje al puto teléfono bastaba. Con ir al trabajo o a la escuela todos los días bastaba.
Pero no para mí.
Injusticia, eso era. ¿Hasta dónde tendría que llegar para conseguir esa eterna sensación que la vida les había regalado?
Tan solo esperaba que, cuando me tocase a mí, viniese sin más; que la felicidad me embriagase hasta tal punto que se sintiera como una bala atravesándome el cerebro, rápida y limpia. Parándome a pensarlo eso era lo peor. Porque si la muy hija de puta llamase tímidamente a mi puerta, la recibiría semidesnuda, borracha y llena de cicatrices; y sin lugar a dudas la mandaría a tomar por saco de una patada.