Agregué el agua, removí toda la mezcla y salí de la cocina para sentarme en el sofá, retomar el libro y esperar. No era uno de esos libros interesantísimos e inpsiradores que tanto me gustaban, pero servía, de alguna manera. Sin música, sin el murmullo relajante de las voces que salen de la televisión. Puro silencio. Y luz. La luz de la primavera colándose por las ventanas. Estaba relajada. Pasaron los minutos y volví para mirar el arroz. Lo probé. Duro y soso, muy soso. Le eché sal y volví al salón. El capítulo iba sobre unos chavales que iban con mi protagonista por la playa, en verano, por la noche, bebiendo cerveza y evadiendo temas de conversación incómodos. Me gustaba él porque decía que leía a Tolkien y que estaba deprimidísimo y que se había metido a trabajar en un parque de atracciones haciendo de perro. Bailando para niños, esas cosas. Era un tipo majo. El típico que se mataba a pajas cada día de forma más o menos digna. Pues bueno. Volví a mi arroz al rato. Lo probé. Estaba casi, pero le faltaba sal. Volví a echar un poco más a ver si se animaba la cosa. Pero no. No funcionaba, no sé por qué. Saqué toda esa masa repugnante y la volqué a desgana en un plato sin quitarle el agua ni ponerlo elegante. Lo llevé a la mesa, encendí la televisión y me llevé una cucharada de esa sopa-arroz a la boca. Repetí eso unas cuatro veces hasta que me harté y llevé el plato de vuelta a la cocina. Esta vez casi volqué el salero dentro. Removí todo y volví a probarlo. Seguía sin saber a nada. Mientras me peleaba con cada grano de arroz y con cada partícula de sal pensé que era así con todo, una y otra vez. Los besos con la gente, las charlas con la gente, las clases con la gente, el trabajo con la gente, internet con la gente, el sexo con la gente, los cigarrillos con la gente, la gente. A todo aquello le faltaba una cantidad imposible de sal. Tal vez era yo. Sí, probablemente tuviese el paladar estropeado desde un principio. No parecía que fuese a mejorar con los años y ya tenía asumido que no daría mi brazo a torcer. Me sentía metida en un ring dándome de puñetazos con el aire, convencida de que merecía la pena.
Qué puedo decir. Allí estaba yo, la heroína de los locos optimistas y esperanzados que apenas saben de nada, masticando aquella basura mientras el mundo giraba y giraba y giraba.