la idea del suicidio se cruzó conmigo a los siete, ocho años de edad. quedó poco para no esquivarla, tan poco como una casual llamada que interrumpió el asunto. lo dejé correr. no estaba triste, enfadada, harta; me aburría. no entendía nada. creía que lo haría al ser mayor. me equivoqué.
llegó más veces a lo largo de la adolescencia. siempre fue igual: nada de planes. la fecha no estaba marcada en el calendario y tampoco era provocada por algún suceso impactante. las dudas y esa horrible apetencia llegaban aleatoriamente y era una situación difícil y algo tierna. como dudar entre jugar a un juego u otro, dormir una hora más o tener cojones para dar el paso y saludarla.
nunca se me ha dado bien la intensidad, ni siquiera para estas cosas.
supongo que todos estamos confundidos y no sabemos bien cómo hacerlo. vivir, digo.
¿sabes? no me queda mucho orgullo. no me interesa competir, ser la mejor, esforzarme por ello. no quiero una existencia ostentosa, plena y brillante. no quiero verme con planes todas las semanas, una vida social y sexual atareada, todo eso. quiero estar conmigo el máximo tiempo posible. quiero escribir, quiero cocinar, regalarle un trozo de mis entrañas al mundo sin esperar las gracias. aunque suene estúpido, quiero seguir esperándote. no aspiro a mucho más.
ahora estoy sentada, escucho Bon Iver y me fumo un cigarro. unos amigos me están hablando y tengo que fingir normalidad. me apetece llorar. últimamente me apetece mucho pero no lo hago.
quizá mañana sea un día mejor.