como otras muchas tardes,
me senté a esperar
algo que no tiene forma.
deseaba con todas mis fuerzas
una vida imprecisa,
indefinida
fácil, blanda
lejos del dolor
habiendo perdido la esperanza de
un final mejor,
quería garantías de, al menos,
un descanso profundo y
eficaz.
por un momento lo creía.
puedo asegurarlo.
y luego, al mirar por la ventana
veía el mundo en llamas
la gente ardía,
los tejados y los perros
y los coches y el brillo del sol
desvaneciéndose;
con amargura comprendía la
única certeza que
esta vida pudo entregarme:
ese fuego jamás podría
derretir el hielo que
lentamente y sin pausa crecía
en mi interior.