a veces me invaden recuerdos muy concretos y lejanos, y sólo me duran un segundo: me da tiempo a experimentar las sensaciones y sentimientos que vivía entonces. Llega como una bala que atraviesa todo el cráneo, hasta el centro del cerebro, y allí hace florecer zarzamoras. Me recuerdo con cinco o seis años haciendo cosas poco normales para un crío. Caminando sola por los bosques que rodeaban mi casa, mi único objetivo era encontrar materiales para construir una cabaña donde poder refugiarme unas horas al día. Realmente quería hacerlo. Durante meses fui fabricando una estructura encima de unos árboles a los que se podía trepar fácilmente. Un día conocí un perro vagabundo que, por alguna razón, comenzó a seguirme. Todos los días nos íbamos juntos a la cabaña. Me parecía mucho más amable que la mayoría de la gente. Le llevaba comida y todo eso. Hablaba con él. Esas cosas.
En fin, aquellos tiempos eran mucho más sencillos. Realmente creía que haciendo eso podría evitar sentirme tan fuera de lugar, y, en cierto sentido, lo conseguía. En cambio, ahora me es imposible encontrar un poco de comodidad en el mundo. Mi vida consiste en escoger lo mejor de lo peor, no hay algo más allá. Al acordarme de las tardes soleadas de verano y verme a mí tumbada en la hierba sin pensar en nada, se me atragantan las entrañas y algo empieza a ir mal. Todo queda demasiado lejos. Absolutamente todo.