tan acostumbrada a sufrir el peso de los días, del cansancio de una existencia infeliz y las noches sin dormir, cualquier luz que alumbrase mi oscuridad personal era equiparable a respirar debajo del agua. podría describirlo como un encuentro inusual y fuera de lugar. aún a pesar del calor que desprendía, no terminaba de sentirme cómoda. no estaba acostumbrada a encontrarme con cosas bonitas por el camino, y mucho menos a que se dirigiesen a mí sin tener en cuenta las tormentas que eran mi sombra.
en cuanto lo tuve delante torcí el morro. la intuición me decía que siguiera, que siquiera sin pensar en nada mas que él. que no hiciera preguntas, que no me plantease las respuestas; que rompiese mis costillas para dejar salir lo que hubiese dentro. me pareció buena idea. sin previo aviso ese calor se me agarró a los huesos, y sí, cometí el error de acostumbrarme, pero qué error más necesario, joder. respiré hondo. ¿qué estaba haciendo? la única respuesta fue encogerme de hombros y sonreír un poco. me entristecía pensar que hacía un tiempo que no sonreía así; los días empezaban a ser poco más amables, más tiernos y más suaves, y yo no sabía bien qué cojones estaba pasando, ni me importaba, ¿sabes? no, no me importa nada.
no tengo control sobre mi velocidad. a veces se me escapa y entro a patadas en la vida de alguien. lamento no poder establecer un poco de margen de reacción. sencillamente soy incapaz.
doy vueltas en la cama. no puedo dormir, ni despertarme; llenas demasiado ese espacio sin ni siquiera ser consciente de ello. amanece en Madrid.