domingo, 21 de febrero de 2016

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aquél día no demasiado cálido el sol acariciaba mi piel. se escuchaban ladridos de perros muy lejanos, voces de personas, el ajetreo de una ciudad viva. todo estaba sucediendo a la vez que yo clavaba mis ojos en los tuyos como si eso fuese lo único, lo único: no era capaz de entender aquella emoción que me emborrachó de inmediato. no sabía del todo bien, algo así como cuando bebes tequila. definitivamente, iba mal. desde la profundidad de tu alma me llegó un mensaje en voz baja. era el final. algún tipo de final que ni siquiera hoy, años después, sé entender, definir. pero un final al fin y al cabo. qué aterrador es eso, ¿verdad? saber que la persona a la que quieres, admiras y necesitas jamás va a corresponderte al nivel con el que sueñas despierto. pero aquél día en mitad de una plaza de madrid lo supe con certeza, y se clavó en el centro de mi gravedad, desestabilizándola. me sorprende que en ese momento no fuese capaz de disfrutar de los pequeños detalles, que mi memoria haya eliminado la mayor parte de nuestras conversaciones, sí, de esas que me cambiaron la vida, de esas que me hicieron comprender tantísimas cosas. desconozco el mes, el año, el día. tan solo sé que ese momento se ha congelado en mis recuerdos y me asalta de vez en cuando interrumpiéndolo todo. incluso lloro un poco. no sé. hay cosas que no terminan de superarse nunca. 

seguimos caminando bajo el mismo cielo encapotado pero las cosas son un poco distintas. no sirve de nada lamentar los errores pasados, pero te garantizo una cosa: nadie ha logrado jamás entrar en mi universo como lo has hecho tú.