por algún motivo me desperté un poco antes. yo era de esas personas que se pasan horas retozando en las sábanas sin querer levantarse, dejar correr las horas, esperar a sentirme mejor y entonces salir, pero aquella mañana tomé la iniciativa. me fumé un cigarro, caminé un poco por la casa, desayuné. reflexioné sobre mis sentimientos. y luego entré en la habitación sin hacer ruido, me senté en una silla y te observé. un poco de luz se filtraba, la suficiente para que los detalles tuyos fuesen claros para mí. me gustaba la expresión de tranquilidad que tenías. no se solía ver a menudo. tu pelo, largo y brillante, era otra de las cosas que en mis ratos libres envidiaba. sonreí un poco. habíamos vivido tantas cosas que me era imposible sostenerlas con una mano, con dos. me entraron ganas de llorar. no sabía bien qué me pasaba, supongo que no era capaz de soportar la situación, todo era demasiado triste para mí. te amaba. sin más. y aquello me tenía confundida e incómoda. yo no quería a muchas personas hasta ese punto. solo a tres. ¿qué curioso, no? es una de nuestras grandes coincidencias. me puse nerviosa, aparté la mirada. me pregunté si te merecía. si debiese parecerme un poco más a tu sur, si mi norte era realmente tan destructivo para ti. me tenías, y supongo que aquello me hacía odiarte un poco. siempre te he regañado cuando me contabas que dependías de la gente, pero ya sabes, yo sé mucho de todo el mundo y no sé un carajo de mí.
hoy recuerdo aquella mañana y vuelvo a atragantarme. eres un ser diferente, especial. sé que todos te envidian por haber alquilado un trozo de mi alma, pero no deberían hacerlo. ha sido fácil. cuando nos conocimos, ese mismo día, supe que no conseguiría desprenderme de tus ojos. me hace gracia que nadie entienda nuestra relación y me gusta, eso lo hace todo más íntimo.
me molesta que no seas capaz de ver lo preciosa que eres. hasta deslumbras a los cuervos que revolotean por mi habitación.
espero que nos veamos pronto.
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