la vida no ha hecho más que enseñarme que, a lo largo de los años, lo único que prevalece, paradójicamente, es lo efímero. me ha enseñado que todo lo que tiene un principio, tiene un final. que las cosas acaban muriendo, desapareciendo o simplemente se van transformando en algo insignificante, algo lejano al punto de partida. todas las películas y canciones y las historias en los libros y las promesas entre botellines han confundido la realidad. es algo bastante triste, si te paras a pensarlo. no parece que exista el infinito. nadie, por contra, me ha enseñado a aceptarlo. y es por eso por lo que las despedidas, los punto y final, los que te vaya bien y las últimas sombras de lo que fue me obsesionan. es la pequeña guerra que tengo en mi interior, y probablemente una de las más dolorosas; las despedidas de hace unos años aún queman dentro de mí. muchos piensan que soy estúpida, que le doy demasiada importancia. supongo que tienen razón. no es fácil adaptarse a la soledad y a la decepción, especialmente en personas que, de forma casi forzada, es lo único que han conocido.
sin embargo hay un recuerdo que custodio y que marcó una gran diferencia.
era una tarde cualquiera, anochecía, y sentía que no merecía la pena vivir. tenía planeado suicidarme. algo bastante dramático para mis 12 años, creo. el caso es que desde el otro lado de la pantalla alguien me hizo levantar un momento la cabeza, olfatear el aire, agarrarme a la absurda posibilidad de que, por una vez, algo mereciese la pena. no hubo nada que me garantizase eso, ni siquiera nos conocíamos, pero sentí el chispazo en mi cerebro. era algo que me obligaba a no morir. a escarbar entre la mugre y descubrirla a ella. a descubrirme a mí en sus ojos, en su voz al otro lado del teléfono, en las tardes tirado por el suelo aprendiendo de su ser, en las noches de inquietud, en la distancia, sabiendo que algo iba mal. a día de hoy todavía lloro al recordar lo importante que fue ese día de enero en mi vida. me salvaste, ¿sabes? Con tu extraña luz, con tu calor insoportable y tu facilidad tan odiosa de colarte en mis barreras de acero me hiciste entender que merecía la pena levantar la cabeza y mirar hacia arriba.
sin darte cuenta me hiciste creer que hay cosas que no se diluyen en el tiempo. que, a veces, las excepciones pueden llegar a cambiarte toda una vida.
hace poco tiempo te hice una promesa. es una de las pocas cosas que he logrado cumplir. y no puedo evitar acordarme de aquél momento en el cual ya firmamos ese acuerdo, sin ni siquiera ser conscientes de ello.
gracias por todo.