Me refugié en la idea de que algo merecía la pena. Que lejos de los obstáculos, las decepciones y la sal en las heridas había una luz que podía paralizar todos mis sistemas, anclarme al suelo y no dejarme ir. Algo por lo que me viese obligada a seguir combatiendo. A veces es difícil verlo entre tanta oscuridad, hasta el punto que parece una ilusión. Lo llaman esperanza; qué palabra tan sencilla para lo mucho que significa. Sin la esperanza no somos nada, ¿verdad?
Alguien me dijo una vez que la mayor virtud que vio en mí era la resistencia; esa capacidad infinita de levantarme una y otra vez después de los golpes, de la sangre por el suelo, de los "no puedo más". Tenía razón: estoy hecha de una pasta fuera de lo común. Pude ver los campos quemados a mi paso, sentí el abandono en mi piel. No pude hacer más que quedarme quieta y olisquear el humo. Otra etapa se terminaba y contenía el mismo aroma a desastre que las anteriores. ¿Es que la vida no iba a dejar de apretarme el cuello?
Entonces decidí levantarme y caminar hacia la puerta de salida. Ya no había ganas ni siquiera de darle vueltas; esto era un cierre al que me vi forzada a participar. Una vez más, sin que nadie me preguntase, llegó, y dolió como siempre duele.
No iba a ceder tan fácilmente.
Decidí, en un acto casi tierno, recoger las pequeñas luciérnagas de mi jardín y llevármelas en un tarro. Y hasta que su luz alumbrase el camino, eché a andar.