preparé con delicadeza un cigarro, me serví una copa de vino, busqué aquella canción. últimamente prefería el vino a la cerveza; tenía la sensación de que todas las derrotas se habían vuelto más elegantes, más adultas. me hacía vieja. el sabor de todo aquello era más profundo y complejo. el escenario era perfecto para reencontrarse con los fantasmas que siempre tocaban a mi puerta. me deprimí amablemente. con honestidad, confieso que era el único espacio en el que me sentía segura y mía. tenía las riendas.
dosifiqué con cautela los suspiros para disfrutar del momento; era como volver a casa. sí, tenía la estúpida manía de llamar hogar a las personas, a los momentos que compartía junto a ellas. en realidad no es así: lo único que nos pertenece son los segundos en los que nos reencontramos con nosotros mismos.
es doloroso, pensé. la separación se hacía tangible. empezó a picarme la nariz, la garganta me oprimía. arrugué el morro. las lágrimas que esforzaba en contener me indicaban que había vuelto a perder la pelea. a lo largo de mi vida he ganado muchas, pero he perdido bastantes más de las que normalmente una persona puede perder. fracasada, eso era. me entusiasmaba y me horrorizaba a partes iguales sentirme cómoda en este momento.
muchos me han considerado insensible, fría. lo cierto es que era una persona sentimental. veía nostalgia en las cosas más sencillas, las pocas que mi cerebro enfermo recordaba. su forma de peinarse el pelo, las cuentas a medias, las miradas nerviosas cuando clavaba mis ojos en los suyos, una sonrisa que se escapaba ante un halago, las últimas páginas de los libros, las puestas de sol al volver a casa. todo aquello me hacía sentir fuera de lugar porque, aunque hubiese sucedido todo ayer, había un abismo temporal entre este instante y eso. no me veía mala persona pero todo el mundo se empeñaba en recordarme que sí lo era. acababa siendo el blanco del odio y del rencor. quizá mi inestabilidad no podía encajar. lo que veía simple y coherente no lo era para ellos. parecía como si todos tuviésemos la obligación de escribir un libro y seguir la historia desde el último capítulo. como si no tuviéramos libertad de cambiar de portada, de ritmo; como si las palabras fueran lo único que nos quedaba. escribí hace unos años que yo no me encontraba en una sola letra: mi alma prefería anclarse entre los espacios en blanco. no tenía nada sólido a lo que agarrarme y me valía, me gustaba, era impredecible, era humo. aquello molestaba a todos por igual. no entendían nada ni se molestaban en hacerlo porque tenían sus caras incrustadas en sus culos y en esas viejas portadas de las que se creían dueños, incluso más dueños que yo.
amanecía en mi ciudad y la soledad se hizo una con mis cenizas.
