miré a mis alrededores. nada interesante, ningún momento que requiriese suspicacia, especial atención o un giro de los acontecimientos. las horas empezaron a acumularse en mi reloj roto y eso me estaba drenando la poca energía que había escogido retener. a día de hoy miro ese reloj parado y solo me nace una sonrisa amarga.
la vida rápidamente te enseña que pase lo que pase hay que pelear. que hay que seguir dando pasos en la dirección que se supone que es correcta. que hay que dejarse los cuernos por cualquier cosa que nos parezca importante, necesaria o imprescindible. la vida también te engaña, un poco: "si luchas con pasión lograrás cualquier objetivo". volvemos al mismo tema repetitivo que me taladra las sienes, ese tema que siempre termino por mencionar cada vez que pierdo mi tiempo escribiendo para nadie: la esperanza. la mayor de las desgracias del ser humano, ¿no crees? pregúntate un momento cuántas gilipolleces por segundo has podido hacer por tener esperanza en, quizá, que las cosas cambien; en que no ha sido tan hijo de puta, que podría ser peor; en que mañana te despiertes y sientas valor suficiente para poner tu mundo patas arriba.
me resulta contradictorio. a mí la vida me ha enseñado todo lo contrario: me ha enseñado a perder. a retirarme del campo de batalla, nunca a tiempo y con golpes de más. me ha enseñado el olor de la decepción, el sabor de la derrota y el sonido del adiós. me ha enseñado a ser cobarde y astuta a partes iguales: a no mojarme los pies si el agua está demasiado fría. me limitaba a seguir los instintos cerebrales de supervivencia, los cuales cada día dolían menos y eran más amables con mi situación. aquí está lo interesante: hacerte el héroe siempre construye páginas bonitas y moralmente honorables en tu libro, pero a la hora de la verdad te destrozan y te hacen más idiota, más vulnerable y más manipulable.
la vida tampoco va de blancos y negros. la gente que lo ve así es simplona y triste. he visto tantas tonalidades entre esas dos gamas que podría pasarme toda una vida tratando de encontrarles nombres. también he visto azules, rojos y verdes. he sacado más de mil matices a situaciones que nunca fueron fáciles de digerir. en la mayoría de ellas, perdí. el olor de la retirada es peculiar. huele a sábanas sin cambiar en semanas, a humedad, a sudor, a nicotina quizá. se siente pegajoso, como si se adhiriese a tu sombra y no fuese a largarse nunca.
¿sabes lo bueno de perder siempre?
nunca hay que dar explicaciones porque no queda nadie a quien dárselas.
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Follow your thick thin boy
On a shortline
