aún a pesar de andar por la vida cargando varias toneladas acudía a ti cuando gritabas, en voz ronca, mi nombre. nunca me ha importado el peso si se trata de cumplir mi propósito. allí estaba, cargada de tabaco, paciencia y muchas horas que se acumularían en el reloj del ordenador, encendido para nada en especial. si elegíamos nuestros huecos para lamernos las heridas era porque nos recordaba, quién sabe, a la cantidad de tardes y noches despiertas, cada una a un lado, cada una en un kilómetro distinto, odiándonos y queriéndonos como nos había enseñado el tiempo a hacer.
yo no soy una experta en la resolución de problemas, es obvio; toda mi vida siempre fue un problema en sí misma. a veces se deshilachaba un poco y alguien se tomaba la molestia de tirar del hilo. entonces, de un punto pequeño, se abría una montaña llena de riachuelos, noches estrelladas, troncos en llamas y animales huyendo. así era mi forma de resolverme la existencia, adentrándome en esa montaña que creía secreta para apagar los fuegos, llevándome, por supuesto, cien mil quemaduras como intercambio.
supongo que hay dos maneras de entender las cosas: o bien las entierras hasta olvidarte o las expones en un escaparate de la calle principal de tu ciudad. ambas son muy peligrosas, hay que equilibrarlas para que no se vuelque la mierda en todas las direcciones.
¿alguna vez te has parado a sentir el viento en otoño, removiendo todas las hojas secas?
te diré algo que he aprendido recientemente: cuando sacas un poco la cabeza de tu lodazal particular la vida es mucho más soportable e, incluso, esperanzadora.
