Cada vez que escuchaba la frase "el peor enemigo eres tú mismo", creía que estábamos hablando de tonterías. No podía llegar a entender cómo uno mismo resultaba ser el mal, la raíz de muchos de los problemas que nos acosan noche y día. Todos tenemos esa inmadura etapa de echar la culpa a los demás, como ya sabes. Todo te parece una amenaza y la gente es un asco. Tú tan bien y los demás tan mal.
Y entonces, en ese momento en el que te ves forzado a cambiar de escenario debido al paso de los años, te das cuenta de que la gran mayoría de las dolencias que cargas son todo fruto de ti mismo.
Es algo difícil de tragar.
Todavía me cuesta mirarme al espejo y ver las dos caras de la moneda; sin preliminares y durante un segundo, la expresión del rencor y el odio aparece a través de esos ojos como si te dijese un sonoro que te jodan. Y es cierto: de ti mismo van a nacer los boicots más horrendos que jamás vayas a conocer.
Las personas que hemos nadado durante años en la miseria absoluta conocemos bien este cuento: a la mínima que te paras a coger aire, una fuerza extraña tira de tus pies hacia el fondo del mar, queriendo que te ahogues, que te sigas ahogando y que no dejes de mover las piernas, sí; pero hacia abajo.
¿En qué momento de la vida nos han preparado para luchar contra lo que más amamos?