No existen mejores profesores que los años que se van acumulando a la espalda. Que las experiencias que vamos viviendo, los momentos que se quedan grabados a fuego en la retina. Si eres un poco espabilado aprendes deprisa que este juego va de adaptarse; de modificar la forma en base al molde que nadie te obliga a tener salvo tú mismo. En definitiva, veo la vida como resignación. Resignación a unas circunstancias. Al conformismo más amable y deprimente que pudiera imaginar. A encoger los hombros ante una nueva decepción que, en el subconsciente, ya había sucedido antes. A apretar los dientes y respirar hondo para evitar las lágrimas y seguir un día más, un año más aquí. A contenerse ante la ira, ante los celos, ante la venganza, ante las ganas de alzar la voz. He conocido a muy pocas personas capaces de sobrellevar todo esto, y francamente, a más poder de adaptación, mayor fortaleza. ¿No es así?
Hay noches en las que me paro a pensar que nada de esto es justo.
Que la vida no es justa nos lo han repetido mil veces. Y últimamente bajo la mirada; escojo el camino que tan bien he aprendido.
Probablemente tú, que me estás leyendo en un rato de no hacer nada, o quizá porque me echas de menos, o sientes curiosidad, no sé, créeme cuando te digo que eres bastante afortunado. Sólo por el hecho de no haber nacido con una jodida piedra en cada zapatilla; por no inhalar humo, por no asfixiarte bajo los rayos del sol. Por no sentir pánico en cada verano, por no huir de las primaveras. Por no sentirte el ser más miserable y gilipollas de toda la cuidad.
La gente con ganas y fuerza para revolverse a las cadenas que ellos mismos se han colocado me provocan una leve risa triste. Si fuese un poco más sencillo... si tuviese, aunque solo fuera, un 1% de esperanza... quizá podría intentarlo.
Todavía no tienes ni idea de lo fuerte que puedes llegar a ser.
No agaches la cabeza cada vez que pases por un grupo numeroso de tíos.
Aprovecha esos últimos días en los que las cosas entre tu padre y tú no están tan jodidas.
Deja de obsesionarte con las pastillas; son inútiles.
Tranquilízate, acabarás por salir de ese infierno y no volverás a saber nada de ellos.
Las personas que menos te esperas te van a traicionar; por el contrario, fíate de tus intuiciones, ellos son inamovibles.
Espera a los diecinueve, verás que empiezas a sentirte un poco más libre.
Sal corriendo de esas relaciones tóxicas; aunque tú no lo sepas, eso se llama maltrato.
Aunque las cosas cambien, recuerda, jamás dejó de ser especial.
Volveréis a veros. No de la manera que esperas. No en el escenario que esperas, ni tampoco en un día soleado, ni en una noche entre bares y restaurantes, ni por las calles en un día de lluvia: pero os veréis. Y será como si una bala te atravesara todo el pecho, soltando metralla.
En el horizonte menos esperado, tu fuerza de voluntad se hará un poco más fuerte.
¿Ves esos edificios? ¿Ves esas luces en la noche?
Querida yo del pasado: ni se te ocurra morirte todavía. Ni lo intentes. Entre tú y yo, quedan cosas jodidamente increíbles por vivir.
Me advirtieron de que, tal vez, la decepción podía destruir ese pequeño castillo de cristal que había construido alrededor de la idea de conocerte.
Me dijeron que las idealizaciones acaban por no ser exactas y que siempre, siempre fallan.
Por algún motivo me he pasado toda la vida idealizando. Es la única manera de obligarme a dar una oportunidad a las cosas. Y jamás había apostado tanto por nada.
Te puedo asegurar que jamás sentí tanto miedo. Me temblaba el corazón, sentía ganas de vomitar, de llorar, de salir corriendo y arrepentirme el resto de mi vida. Supongo que nadie entendería nunca lo valiente que fui en el momento de conocerte, y lo hice, y hoy pienso en todo aquello y vuelvo a temblar.
Me recuerdo asomándome a tus ventanas para ver el horizonte, para perderme en tus luces y en tus sombras, en tus callejones oscuros llenos de misterio. Recuerdo los sonidos, los gritos y los susurros. Recuerdo los olores, las sensaciones tan confusas que inundaron eso que yo llamo alma aun a pesar de no creer que exista. Recuerdo cada amanecer a tu lado, cada anochecer.
Había algo fuera de lo común en todo aquello. Sonreí con timidez; nunca había estado equivocada contigo.
Me he pasado toda mi vida imaginando cómo sería. Todas las jodidas decisiones importantes que he tomado han sido en base al humo que yo creí que te rodeaba. ¿Sabes realmente lo que significa eso? Creo que se llama "sueño". La gente habla mucho de los sueños que quieren perseguir y no dejo de pensar que todo queda en nada. Y me sorprende. No conozco a nadie con tan poca fuerza de voluntad, con tan poco coraje y valentía, con tan pocas ganas de vivir como yo. Y aún así hoy puedo jurar que he luchado lo suficiente como para tener una mísera oportunidad contigo. Has sido mi única obsesión.
Cuando te vi por primera vez me planteé, en cuestión de segundos, si este combate tan ridículo había sido en vano.
A escondidas, tiempo más tarde, seguía preguntándomelo.
Esta noche he tenido los cojones de volver a formular esa pregunta y es por eso por lo que he venido aquí.
Empezaba a amanecer cuando nos despedimos y en la más profunda de las soledades me enfrenté al temor que eso suponía. ¿Sabes? Probablemente ese fue el momento más especial y sincero de todos. El momento más honesto de todos los que he vivido desde que nací. Estaba regalándote mi esencia y allí mismo se me partió en dos. Te ibas en una dirección, yo me iba en otra, y la promesa de volver a vernos quedó grabada a fuego en la noche que desaparecía lentamente.
No me enorgullezco de absolutamente nada salvo de una cosa: aún sigo peleando por perseguir ese sueño que, en el fondo, siempre ha brillado con la misma intensidad.
amanecer y que el calor asfixiante del verano se haya diluido entre gotas de agua, truenos y una brisa agradable.
arrancar pequeños pedazos de hierba a la espera de algo.
introducir los dedos en harina.
que ese olor tan extraño te golpee la nariz y en tu mente aparezca el deseo de jamás olvidarlo.
meter el secador a potencia mínima por dentro de la camiseta un enero cualquiera, mientras afuera está nevando.
escucharte dormir y sonreír levemente.
el primer trago de una cerveza negra, la primera calada de un cigarrillo húmedo.
llegar a la última página del libro, con lágrimas en los ojos, y leer despacio lo último que el autor quiso decir.
llegar a casa con la sensación de que el día fue maravilloso y sentirse completamente fuera de lugar. pero sonriendo.
dejar los cigarros a medias.
caminar por la orilla del mar de noche, hablando de nada.
escuchar una canción extremadamente familiar en el lugar exacto, en el momento justo, y saber que eras tú.
la vida jamás me trató bien. yo tampoco la traté bien a ella. es una guerra interminable, agotadora y rancia; he descubierto que la única forma de que nos entendamos es permitiendo el disfrute tímido y breve de las pequeñas cosas que podemos ofrecernos. no son muchas, pero a mí me sirven. supongo que cada uno se busca la supervivencia como puede.
a veces la convivencia se hacía imposible. inevitablemente tenía que encajar, de vez en cuando, entre esas conductas humanas tan extrañas y estúpidas y lejanas a mí. no las entendía bien. les veía agruparse, actuar como idiotas, hablar de temas banales mientras pensaban en follarse y todo eso, lo típico; bebí un poco. ni siquiera sabía bien, y se suponía que sabía bien. era un ambiente bueno, decían. todo el mundo se reía. jugaban, bailaban, se movían de un lado a otro diciendo muchas cosas a la vez. funcionaba aquella cosa, fuera lo que fuese, porque les hacía felices. cuando le cuentas esto a la gente marginada suele responder que en realidad no son felices, que la felicidad es otra cosa más profunda y exclusiva, y de veras que te crees esa mierda porque en ese momento de aislamiento piensas que eres especial, diferente y, por tanto, mejor. años más tarde descubres que todos hemos estado equivocados. la gente estúpida es feliz. la gente simple es feliz. la gente común es feliz. hablo de esos que salen los fines de semana y beben copas con amigos, de los que tienen una relación estable y bonita, de los que se quejan por el curro pero ahí siguen, de los que lloran por las noches porque no tienen un duro y demasiadas facturas que pagar. estas cosas nos suenan a todos, claro. pero hay una especie de barrera invisible que marca la distancia, la diferencia.
cuando miraba a esos idiotas me carcomía una sensación amarga. les odiaba. odiaba que se sintieran bien. porque yo me sentía increíblemente mal. sentía ganas de suicidarme. era una depresión lenta, relajada, conocida; entraba a cada trago y salía a cada calada. iba y venía a su antojo y nada se podía hacer. me sentía sola, enfadada, envidiosa, triste. y en realidad la única estúpida de ese puto local era yo. ¿qué había que hacer exactamente para encajar? ¿imitarles? no funcionaba nunca. es más, era ridículo e incómodo para todos. sabes, te ganas una reputación. eres el desgraciado que a pocos fascina y a casi todos incomoda. que siempre está amargado y lo ve todo como si fuese superior. cuando cambias esa actitud y tratas de encajar y hacer esas aburridas imitaciones y todo eso la gente desconfía. sea como sea me aislé. no aguantaba más las ganas de pegarme con alguien y que me inflasen, de llorar, de reventar en algún momento y arremeter contra el primero que se pusiera a tiro. me fui sin más.
siempre estoy peleando. es agotador.
es verdad, no me gusta la gente. no me gusta como se comporta, la actitud primaria y vomitiva. les odio a todos por igual, sin excepción. se me ha llenado la garganta de rencor y supongo que es porque a cada cosa que hago me alejo del resto, y aún creyendo que todos son estúpidos soy yo quién se siente así al final del día.
yo no he pedido esto. me fastidia. no he tenido opción, y noto que los demás siempre tienen donde escoger. a veces, cuando la gente me cuenta sus historias, sus sensaciones o su concepción de la realidad, me cambia bruscamente el humor. hacía muchos años que la felicidad ajena no me molestaba. las cosas cambian, supongo.
hay una razón por la cual detesto mi cumpleaños.
intento que me resulte indiferente. le vendo ese cuento a todos, queda bien. en realidad me deprime: se acumula un año más. nada cambia y todo va a peor. y da igual que hables de esto porque los seres humanos son incapaces de ver el todo, de abrir su mente hacia algo más allá de lo tangible que, en el fondo, no vale para nada salvo para que todo te joda tres veces más. aluden tu universidad, tu trabajo, tus amigos, tu pareja y todas esas cosas que supuestamente deberían hacerte feliz porque coño, estás avanzando, te haces adulto y todo eso. es realmente agotador. nadie entiende nada. todo el mundo está demasiado confuso, demasiado lejos.
supongo que mi sitio está al final de la barra donde la luz apenas ilumina un carajo, cerveza en una mano, cigarro en la otra, sonrisas sarcásticas llenas de veneno, conversaciones patéticas, ganas de morir. es lo de siempre, ¿sabes?
y que los demás se reúnan entre ellos.
“I felt like crying but nothing came out. it was just a sort of sad sickness, sick sad, when you can't feel any worse. I think you know it. I think everybody knows it now and then. but I think I have known it pretty often, too often.”
Cuando empecé a racionalizar mi vida, a una edad cercana a los 5 años, entendí que no pertenecía a este lugar.
5 años más tarde, inevitablemente, encontré un sitio al que pudiera, quizá, llamar hogar.
Internet siempre ha sido mi puerta a la comodidad, a la tranquilidad, al dominio y al control. Si me conoces un poco sabrás que no me gusta la gente. Es un gran esfuerzo para mí soportar el peso de la relación a largo plazo si es en persona. Gracias a internet puedo ser yo misma y desarrollar sentimientos positivos por alguien a la vez que me resguardo del contacto físico. Porque puedo disfrutar de la soledad y, a la vez, conversar con alguien. Es un poco paradójico, supongo. Aquella noche estaba buscando algo y no sabía bien qué era. Me topé con un grupo de música japonés que sólo se conocía en Asia y en América Latina. En el primer momento en el que escuché una sola de sus canciones se me inflamó el corazón; algo había vuelto a encajar. Los mecanismos se movieron hacia una dirección que siempre había estado marcada en el mapa; lo único que debía hacer era descubrirlo.
Me sentía extremadamente desgraciada, sola y perdida. No tenía ni un solo amigo. No tenía a nadie más que a ti para hablar del tiempo, de mis inquietudes, de lo mucho que odiaba mi vida. De que me sentía asfixiada en un mundo que no estaba hecho a mi medida. Me comía la ansiedad, el suicidio. Era como un pájaro encerrado en la jaula equivocada. Y en aquél momento supe que había jaulas mejores. Que tenía una oportunidad, solo una, de sobrevivir. Y que si me aferraba a la idea de traspasar toda mi desgracia a aquella cárcel de barrotes más bonita, quién sabe, quizá podría brillar con intensidad.
Fue ahí cuando tomé la firme decisión.
Casi doce años después no he cambiado de idea ni un solo segundo.
Es una seguridad. Es una certeza. No hay nada más allá. La gente tiene metas que se me antojan absurdas. Ya he escrito sobre ello: todo el mundo quiere ser feliz. Sabías de sobra que yo no podía aspirar a eso. ¿Sabes qué? Toda esta asquerosa sociedad siempre te hace creer que es lo único que importa. No es así. Desde el prisma contaminado de mis ojos te puedo asegurar que, para mí, hay cosas más importantes que eso.
Lo único que merece la pena realmente es excavar hasta lo más profundo y descubrir, de una vez por todas, qué es lo que me pasa.
Y sé que dentro de unos años, cuando vea completada mi meta, lo sabré.
Tal vez muera por el camino. Tal vez no pueda soportar el peso de mí misma y esté cavando mi propia tumba. Tal vez me decepcione y me desdibuje. Pero quiero llegar hasta el final.
Esto es jodidamente importante para mí, y ninguno de vosotros se hace una idea de hasta qué punto me duele el corazón y el cerebro por ello.
Esto es lo último que escribiré hasta que regrese, pero antes de marcharme del todo quiero que sepas algo: todo esto siempre ha tenido tu firma.
cuando conozco a una persona intento descubrir qué tipo de lucha se disputa en su interior. es relativamente fácil descubrirlo, se ve a leguas. algunos no saben gestionar la frustración. otros no son capaces de enfrentarse a la soledad, y cuando lo hacen, siempre pierden. hay otras personas que no pueden mirar a la envidia a la cara. en mi caso es simple: la decepción.
es curioso como un mísero gesto en el momento equivocado puede cambiar tanto la percepción de una persona. no es coherente dejarnos guiar por un detalle tan simple, pero, en mi caso, me llama mucho más la atención que trescientas horas de sorpresa positiva. no puedo evitarlo. quizá es porque me sorprende más que me hieran a que me hagan sentir bien. no soy tan fácil de derribar. no soy tan fácil de decepcionar, pues racionalizo todos los procesos humanos y los reduzco a lo que son, nada importante, nada serio. pero hay ciertas cosas que aunque parezcan auténticas gilipolleces, ensombrecen mi percepción y activan el área del cerebro que suele aparecer en desconectado: el rencor. el rencor por haber sido capaz de desilusionarme, de hacerme sentir débil.
¿sabes qué? han tratado de joderme muchas veces a lo largo de mi vida. han intentado acabar conmigo un millón de veces, siempre he estado peleando por un lugar en el inmenso corral en el que todos estamos atrapados. esa ha sido mi historia. y las únicas personas que han podido retorcer mis entrañas han sido aquellas a las que he querido. quizá por eso soy tan difícil de retener; de la noche a la mañana puedo apagar una parte de las muchas cosas que apreciaba de ti.
es algo que odio. es uno de mis grandes defectos. me dejo llevar en exceso por estas cosas precisamente por eso: me cuesta mucho confiar en los demás. me cuesta demasiado regalarme a mí misma. he peleado demasiado como para permitir que entren en mi mundo y lo desestabilicen con patéticos actos que se excusan bajo el pretexto de "soy humano".
no me gustan en absoluto. es la especie que más desprecio, de la que menos me siento perteneciente aunque suene ridículo.
sigo aferrándome al consejo que me diste hace años con aquello que nos pasó: "nadie es infalible". Es lo único, supongo, que me retiene a no quedarme físicamente sola.