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martes, 1 de marzo de 2016

se nos hace de noche.

tuve una sensación fuera de lo común. llegó rápida y sigilosa, entró por mis venas, aterrizó en mi corazón. decidí mirar hacia el cielo y luego te miré a ti. en ese preciso instante supe que recordaría ese momento el resto de mi vida. no estaba pasando nada especial. no me besabas, ni me tocabas siquiera, aunque te lo estuviese pidiendo a gritos sordos. no hablábamos. el silencio, las luces y el cielo negro era todo. de repente sentí que algo se acomodaba dentro. eras tú, era ese lugar, era la hora y el segundo. no se volvería a repetir. de hecho, ni siquiera nos conocíamos demasiado como para que todo aquél circo emocional tuviese una justificación lógica. nunca la hay en estos casos. llega como un maremoto y arrasa con todo dejando únicamente una sinceridad loca y desnuda, una confusión breve, el calor del sol en invierno; no sabría explicar con palabras lo que provocaste. sólo puedo decirte que allí solo exististe tú y todo lo demás desapareció. 

desearía que esto me pasase más a menudo. desearía ser capaz de arrancarme las pocas buenas cosas que quedan en mi interior y regalártelas, justo en ese instante, para que las mantuvieras contigo como un recuerdo extraño y fugaz. 

sábado, 13 de junio de 2015

es de noche.

arranqué pulmones
corazón, entrañas
hígado
huesos
tendones y carne

quería preservar el espacio
para la peste que
cada día crece
en mi 
interior
__________________________

la muerte y los
monstruos
en cada esquina de la
habitación
sueños inmundos 
los veo;
están aquí
aquí
conmigo
puedo oler su putridez
veo sus rostros desfigurados
escucho los gemidos
y gritos
noto la violencia
el impulso nocivo de la
destrucción
quieren que agonice
de terror
que se me pare el corazón
notar el bloqueo
no poder hacer absolutamente
nada

siempre tienen la misma 
identidad
pasan los años
puedo reconocerlos como hacía
de niño
nada cambia;
a veces creo con total seguridad que
estoy loco
pero esos momentos en los que
nos encontramos
parecen más irreales que un
sueño profundo
más lejanos de la vida y lo que siempre
conocí
no tiene algún sentido ni
necesita tenerlo;
existen
se esconden
y vienen

llegados a este punto no creo
que dejen de
hacerlo nunca.
__________________________

escucho debajo de la sábana
un crujido de huesos
cuerdas vocales rotas;
oscuridad;
sombras;
una
forma
allí.

cosquilleo en los pies
dicen, graciosos,
que corra
no puedo, respondo
es demasiado
siempre
joder, siempre
ha sido demasiado
__________________________

la voz despierta
la voz interrumpe
la voz alerta;
cuánta obscenidad y pena y amargura
y soledad 
sobretodo aquélla
hay en esa 
voz.


si la oscuridad me prometiese
tu mundo
aceptaría ahogarme
en ella.

martes, 24 de febrero de 2015

poesía

yo no escribo poesía para todos los públicos;
no escribo para ti,
lector anónimo
ni tampoco para ti, que
alguna vez la casualidad te condujo
hasta mí.
pensándolo mucho
tampoco escribo, del todo,
para mí.
yo no sé escribir.
no, no sé.

no pretendo que este conjunto de 
palabras vomitadas
signifiquen algo para alguien
no pretendo ser bueno,
amable, ético, interesante, amante
o amigo;
pretendo alcanzar ese punto 
en el que las realidades chocan y
hacen un ruido 
concreto.
entendí que no se trataba de
escalar,
sino de sumergirse 
en el lodo, en lo negro,
restregarse por el suelo
dejar un 
olor.

para mí, la poesía es mentira.
es mentira porque las grandes cosas que
queremos decir
se quedan dentro del alma
y jamás podrán tener forma de
palabras.

R.H

jueves, 25 de diciembre de 2014

sabor a metal.

Creo que existen muchos tipos de soledad. Se suele hablar de una solo, pero hay más, ya lo creo que hay más. 

[...] él se sentía solo, espantosamente solo. Llegaba a casa y no había nadie. Sus pasos, al subir las escaleras en dirección a su habitación, retumbaban como un zumbido molesto en los oídos. Arrastraba sus cosas y en ese momento él creía a ciencia cierta que en vez de transportar libros, transportaba ladrillos. Para el caso, eran la misma cosa. Cuando abría la puerta, una oscuridad familiar le cobijaba; no solía dejar la persiana demasiado subida porque, sin saber exactamente cuándo, había decidido que la luz le molestaba. Entonces se acercaba al escritorio, encendía con un gesto lacio su juguete de evasión favorito y se tumbaba en la cama, haciendo tiempo, pensando, joder, same shit, different day. Pensaba en ello muy a menudo, sobretodo al despertarse. Le acompañaba un "otro más, otro más" al salir de la cama para prepararse un café que odiaba y así sobrevivir toda la mañana. 
Miraba a su alrededor. Algunos piensan que el silencio es la ausencia de sonido, pero él nunca creyó eso. Decía, "cuando no tienes a nada ni a nadie cerca, coño, escuchas una vibración, un pitido desquiciante, y entonces sabes que es el momento de salir corriendo de esa ausencia tan absoluta de todo".

Era esa soledad la que le atravesaba la piel. Venía a las tres de la tarde, pongamos. Nadie a quien llamar para salir, nadie a quien saludar al llegar a casa, nadie con quien sentarse a charlar sobre el día. Pensaba, ¿dónde está todo el mundo? O mejor dicho, ¿qué habrá sido de ellos? Le daba un poco de miedo pensar que en caso de emergencia emocional, al pulsar el 911, no hubiera señal al otro lado. Tenía pánico a esa sensación. Supongo que él sabía lo fácil que le resultaba destruir todos los lazos con los seres humanos. Cuando construyes todo tu mundo sobre ti mismo y no sobre los demás, es muy difícil sentirse a gusto entre ellos, y si te ves demasiado implicado, tiendes a escapar. Algo así se decía a veces. Y sentía esta mierda en cada Navidad, cuando caminaba por las calles empapadas por lo que horas antes había sido nieve y veía, a través de las ventanas, luces, árboles recargados de bolas y brillo, familias viendo la televisión y repartiendo puñeteros mazapanes... ¿sabéis, no? 

Y luego... luego estaba esa otra soledad.
Esa que le hacía sentir que la única solución razonable era abandonar sin dejar notas dramáticas o regueros de sangre o vómitos turbulentos en el suelo.
tal vez lo paradójico del asunto era que le golpeaba con más fuerza cuando estaba entre personas. sentía como si no tuviese nada que ver con aquello, como si hablase un idioma que nadie comprendía. y por más que rebuscaba entre la basura, jamás fue capaz de encontrar a alguien que se le pareciese, que sintonizase su puta frecuencia marciana. cada día era peor. cada conversación, cada paseo por el centro de la ciudad, cada tecla pulsada en su ordenador, era una gota más para un vaso que parecía no llenarse nunca. tumbado sobre su cama, mirando al techo, se preguntaba cuántas gotas más cabrían antes de volcarlo de una patada. notaba ese frío abismo incluso entre sus más estrechas amistades. tal vez eso era lo más aterrador de todo, no sé. pensar que aun amando a alguien, se sentiría solo, hoy, mañana, siempre. sonaba patéticamente dramático, pero con 12 años de edad, no daba para más. 

en realidad ese chico no iba demasiado desencaminado. ya se daría cuenta, años después, de que lo que decía no eran disparates ni malas rachas. y ese infeliz se daría cuenta de otra cosa: que, por azar del destino o por casualidades extrañamente necesarias, conocería a otro ser humano igual o más infeliz que él, y convivirían, ojalá, toda la vida, compartiendo esa frecuencia desconocida y cruelmente acogedora.



señor gris,
¿te has dado cuenta de que he dejado las mayúsculas atrás?