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miércoles, 17 de diciembre de 2014

las luces en el cielo me indicaron el camino a casa.

decidí durante un largo periodo alimentarme de lo irreal, de lo distorsionado por el tiempo, de lo abstracto e intangible; elegí, como si fuese lo único valioso, masticar las frases que quedaron en el aire, tragar las escenas que se repetían una y otra vez en mi memoria, mantener en mi estómago las promesas de un futuro mejor y cagar lo inservible, lo que, aparentemente, era simple, estúpido, prescindible. escogí vivir en el pasado e ignorar el presente, pensando que no tenía nada mejor que ofrecerme.

por eso te veía. por eso me pasaba semanas sufriendo, acordándome de lo que era y ya no es.
recordaba, por ejemplo, el color de ese verano. tus miradas curiosas cuando me reía o bajaba las escaleras dando saltos, al igual que un pájaro. o todas esas veces que apartaste el mundo con un simple gesto para dedicarme toda tu atención. de tus felicitaciones en año nuevo, de los fragmentos de canciones que me enviabas, del tacto frío de tus manos. todo aquél maremoto emocional me arrollaba cada vez que me venía a la mente tu nombre.
pasó el tiempo. no dejó de pasar. y era como si, de repente, sin darnos cuenta, nada de aquella época estuviese vivo. me preguntaba el por qué. ya no eras la misma persona.

mi error fue comprender demasiado tarde que yo tampoco.

¿sabes? lo he pensado mucho y sigo haciéndolo; no puedo pretender vivir enlazada con las sombras del pasado. porque el pasado es exactamente eso, algo que fue y ya no es. algo que arrastramos. algo que puede ser útil o una puñetera carga, y yo, estúpida, elegí que me pesase toneladas. ahora entiendo que no tiene ningún sentido. no puedo culpar a nadie, ni siquiera al tiempo, esa máquina espantosa que se arrastra sigilosamente por nuestras vidas. no eres la misma persona, evidentemente. a cada segundo que pasa dejas de ser quien eras y pasas a ser otra cosa. es algo complicado.

no sé si entiendes lo que quiero decirte. puedes pasarte el resto de tu vida rememorando como un imbécil, atascado entre dos paredes de irrealidad mientras afuera, en las calles, la gente sigue levantándose para ir a trabajar, llevando los niños al colegio y haciendo planes para el fin de semana. sí, es bastante más cómodo elegir no coger el tren, apartarse del camino y mirar con rencor a todo y a todos los que ya no te parecen que son como tú quieres que sean.
pero lo notas, ¿a que sí?
notas como poco a poco el vaso se va llenando de frustración, de tristeza, de nostalgia, de rabia. de soledad. como si el mundo fuese el culpable por haberte arrebatado la esencia de las personas que, aunque se parecen, ya no son. llevan el mismo traje: los mismos tatuajes, los mismos piercings, la misma sudadera, incluso conservan el olor, "pero ya no son". y lo peor es que cada vez que te los encuentras notas esa diferencia abismal entre el presente y el pasado, como si exhibiesen el cambio para hacerte daño, para recordarte que has elegido no coger ese tren en dirección futuro y ellos sí. es doloroso, ¿verdad? como un ultraje. como un puto ultraje incomprensible.

qué estupidez.

¿quieres verte ahogado en un mundo injusto y cruel? ahí tienes la fórmula. es como atornillarse los dedos de los pies al suelo. es como negarse a crecer, a cambiar. es negarse a la vida y a todo lo que ella significa.
he reaccionado demasiado tarde, pero ya no importa, no importa nada.
le prometí a un tipo que pasaría el resto de mi vida con él. bueno, se lo prometí a varios. también le prometí a mi padre que un día lo arreglaríamos todo. prometí no volver a enamorarme, a llorar por la misma historia. prometí luchar por salir a la superficie y no volver a hacer las cosas mal a posta.
prometí no echarle de menos.

te puedo garantizar que me he pasado media vida regalando promesas como si fuesen flores que arranqué de un jardín, y no me ha servido más que para una cosa; para decepcionar. quizá en otras personas funcione eso de someterse al anclaje más absoluto, pero, qué coño, esas cosas no van conmigo. porque las promesas son como el amor: palabras. un sonido, unas cuantas letras juntas, un meñique enredado con otro, y ya. yo no necesito ver palabras para creer en ellas. no sé. me lo he tomado siempre como un juego, como un desafío contra mí misma para ver hasta cuándo podía aguantar encadenada. no mucho, desde luego. ese tipo de comportamiento no es compatible conmigo. esto no es una disculpa. me gustaría pedir perdón, pero no lo siento; no siento nada.

tú ya no eres tú, y yo ya no soy yo, pero seguimos caminando juntos y mirándonos y bebiendo y mandándonos mensajes y todas esas cosas, joder, todas esas cosas.
comprendí que fijarme en la sombra de quien eras me había hecho olvidar que la parte tangible e importante estaba delante de mi puñetera cara.
porque, al final, lo que cuenta es que hoy tu y yo seguimos conectados.
es lo único que necesito.

lunes, 24 de noviembre de 2014

hey wait, great smile

yo me sentaba en el jardín, en la hierba, y miraba las cosas desde mi infancia con una curiosidad y confusión inmensas. a la hora de comer 
me hacían preguntas extrañas, 
cómo te ha ido el día, qué has hecho en el colegio, qué te gustaría recibir por Navidad. 
estaba demasiado abstraída mirando la sopa que se escapaba de la cuchara y no me apetecía responder nunca a nada. así que
subía a mi habitación y volvía con mis cosas.
me parecía que todo tenía mucho más sentido así.
y además
estabas tú, y jugábamos y hacíamos castillos y veía tu reflejo en la pantalla de esa 
estúpida gameboy que, a cada rato, se le salían las pilas porque
no tenía tapa.
desde la hora del sol abrasador hasta que se escondía 
estábamos
juntos.
y en el fondo sabía que en tu presencia notaba la ausencia del mundo,
de las cosas tangibles y estúpidas y poco interesantes

no me sentía bien.

lo pienso mucho y sé que no era exactamente tristeza, se le parecía
pero no era eso
más bien como un silencio incómodo que no acababa nunca,
nunca, 
nunca,
y me alejaba de los niños que jugaban a superhéroes y villanos, de los profesores y sus obras de teatro, del patinaje artístico, del llanto de mi hermano por la tarde 
e incluso de mis primos, que de una forma sensata eran la mejor cosa de mi infancia.

pensé en irme, porque aunque no tenía que buscarle un sentido a las cosas,

preferí hacerlo
en vez de comer barro o ver dibujos animados
y cada vez que lo pensaba llegaba a la misma conclusión:
no merece la pena.
nada merece la pena.

tal vez fue la suerte que me interrumpió

o mi madre, no estoy segura
pero pronto la curiosidad fue haciéndose más pequeña y la confusión más grande,
año tras año se empezaron a llenar los pulmones de nicotina y alcohol y drogas
sustituyendo a los juguetes
y a tu voz.

al final todo se va, los ciclos terminan, la gasolina se acaba o se estropea el coche, no sé

no sé nada de nada
pero aquí sigo.
y qué raro
es eso.

sí, la vida empieza a parecerse peligrosamente a una sopa de agua, pero me alegra que los demás

vean un delicioso bistec en el plato
y no se quieran interesar por mi montón de caca.



Rosemary

Oh heaven restores you in life
I spent a lifespan with no cellmate
The long way back
Sandy, "Why can't we look the other way?"
You're weightless, semi-erotic
You need someone to take you there
Sandy, "Why can't we look the other way?"

Why can't we just play the other game?
Why can't we just look the other way?



viernes, 7 de noviembre de 2014

día 2, hoy no estoy para nadie

Recuerdo ese día de una forma extraña. En realidad no ha pasado mucho tiempo desde entonces y, aún así, lo siento lejano, frío, borroso. Como si no hubiese sido mi vida la que se encontró con la tuya en mitad de la calle, cerca de Febrero. Estaba sentada en la nada, mirando a la nada, y entonces apareció tu silueta. La miré. De alguna manera me llegó esa sensación ansiosa, agresiva y hambrienta que desprendías. ¿Sabes? Ni siquiera tenía ganas de sentir pánico. Supongo que te diste cuenta cuando me miraste. 

Hablamos un poco. Me convenciste para ir a tomar algo y todo eso. A pesar de mi desidia tu conversación logró evadirme, hacerme sentir bien, qué se yo. Me acuerdo del frío, de la soledad, de esa horripilante manera de funcionar, como diciendo "me dejaré llevar, dejaré de vivir un rato". Y también me acuerdo de detalles que jamás se borrarán de la mente; tu mirada peligrosa, el humo confundiéndose con el vaho que salía de tu boca al fumar, la cerveza que pediste para mí, ese ruido que hacían tus botas al caminar... ¿entiendes, no? Claro que sí. 

Ni siquiera sé por qué dejé que me llevaras a casa. No, no hablabas de la mía, sino de la tuya. Y te seguí, igual que un niño seguiría a un secuestrador con caramelos. Parecía una ridícula secuencia de casualidades, de coincidencias. Después de un rato nos pinchamos, yo por primera vez. Y luego follamos, ya no por primera vez. ¿Y más tarde? Supongo que fue lo mejor. Sentía que estaba donde tenía que estar ese asqueroso día, contigo, entre sábanas en un puñetero colchón tirado por el suelo. Ahora me hace cierta gracia que justo antes de caer dormida, susurré "ey, no me has dicho tu nombre". Y fue demasiado tarde; para cuando me lo dijiste ya no estaba. Pero no voy a hablar más de eso. 

En fin, no sé qué fue de ti. Al día siguiente te evaporaste como si nunca hubiese pasado algo. Hiciste como hacía yo antaño, y sentí que era demasiado; aparecer de la nada como un jodido ángel salvador, invitar al suicida a unas pocas risas y desaparecer. Al fin y al cabo hay gente que está destinada a vivir de esa manera, supongo. Dijiste, nada más verme muriendo, "a esta ronda invito yo. Espero no tener que volver a hacerlo, joder." 

No creo que seas consciente de las huellas que dejaste, de las marcas, de las cicatrices. Secuelas irreparables, infinitas. Dependencia. Autodestrucción. 

Pero, ¿sabes? 
quisiera que 
volvieras 
para firmarme la piel 
una vez 
más.


Parece estúpidamente obvio que la vida sería mucho más fácil si encontrásemos a alguien con quien quedarnos muchos años; cada uno con su vida, cada uno con su mierda, pero caminando sin cesar por una senda común, separados por la misma distancia que tendría un cigarrillo con unos labios.