necesito irme de aquí
irme a un lugar en el que la vida sea
vida
y no un sueño borroso e infinito.
necesito sentir el viento en la cara, el sol en la piel
las gotas de lluvia cayendo
las estaciones pasar
quiero dejar de estar cansada
todo el rato.
quiero dejar de llenarme
de esta sombra oscura que cada vez carga
más peso.
no puedo más.
no hay sitio aquí
para mí.
nunca lo hubo y
me temo que nunca lo
habrá.
lunes, 9 de marzo de 2015
domingo, 1 de marzo de 2015
él
Dios.
Esa era la palabra con la que muchos solían definir su existencia. Se paseaba por las calles alardeando de su fuerza, de su seguridad, de su violencia con el mundo que le rodeaba y de la gente que caía en sus extrañas fauces de lobo. Era ese tipo de personas que no abundan. De esas que miran al abismo, el abismo les mira de vuelta y se retuercen, peleando a la contra, siempre a la contra. Sus intenciones fluctuaban entre el bien y el mal sin apenas darse cuenta. Mataba por proteger a los suyos pero, a la vez, los ataba con cadenas y si se atrevían a rebelarse contra su naturaleza monstruosa se aseguraría de que quedasen reducidos a cenizas. Siempre jugaba a ese juego de ser querido sin necesidad de querer. Era más sencillo, decía. No le gustaba sentirse dependiente de los demás. Su trabajo era simple: aparecer de la nada en el momento justo, decir las palabras exactas y desaparecer por donde vino. Pero nunca sucedía esto último. Le gustaba dejar su huella, su olor. Le gustaba ser recordado por sus hazañas de héroe de las sombras. Le gustaba impresionar, dejar ver al mundo una pequeña parte de su luz. Le gustaba todo aquello porque le ayudaba a sentirse menos solo. Menos inútil y perdido.
En su esquizofrenia ególatra y narcisista él creía que pasaba de puntillas por la vida de los demás. Se equivocaba. Tan solo su presencia causaba estragos. Llegaba a los demás como un terremoto imparable. El impacto les dejaba sin aliento y solo podían buscar más comprensión, más sorpresa, más contagio de su brillo deslumbrante e incomprensible.
Le empezaron a llamar Dios.
Le pareció bien.
Pero con el paso de los años comprendió que esa especie de don no era una ventaja a la hora de convivir en un mundo como este. Estaba seguro de algo: no era de aquí. Por supuesto que salió del coño de una madre, por supuesto que nació en una ciudad concreta de un país cualquiera, por supuesto que tenía rasgos humanos, hablaba un dialecto, vivía en una sociedad, todo eso. Pero no era de aquí. No se sentía cómodo entre el resto y todos los que se acercaban inconscientemente lo sabían.
Al principio toda su frustración y confusión se volcaban en forma de agresividad e ira permanentes. Pataleaba si se alejaban y pataleaba si se acercaban demasiado. Le cabreaba no poder explicar nada a nadie y a la vez pretendía ser comprendido. Quizá esas contradicciones le llevaron a la locura. Pensaba en asesinatos, pensaba en suicidios, pensaba en injusticias, en traiciones, en salir corriendo hacia ninguna parte. Con el paso de los años ese fuego le consumió. Se transformó en una masa inmunda y amorfa que desprendía un olor a humedad y desgracia y noches de borrachera en soledad y ceniza acumulada en ceniceros y música creada para especímenes como él y mierda que no merece la pena detallar.
Se sentía un Dios. Un Dios que podía poner patas arriba a cualquiera que tuviera el valor de involucrarse con él pero que no se sentía afortunado en ningún aspecto.
Su extraña condición le aportó superpoderes o algo semejante. Le resultaba ridículamente fácil entender los mecanismos cerebrales que llevaban a la gente a actuar de tal manera. Entendía a la perfección los sentimientos y sin embargo no los sentía ni los compartía con apenas nadie. Para él arreglar a los demás era un juego simple e incluso aburrido. Era capaz de conocer a miles de personas que le tendrían como prioridad mientras él seguía su camino y no miraba atrás. Recordaría a todos pero, con los años, nadie le recordaría a él. Y no pasaba nada porque tenía asumido el final. Sí, era capaz de reconocer los finales y aceptarlos. Alguien que le conocía excepcionalmente bien le dijo que una de sus mayores capacidades era la de morir y revivir día a día; recuperarse en poco tiempo y volver a abrir los ojos, una y otra vez.
Se creía indestructible. En cierto modo lo era. Lo era porque cada día estaba más lejos del mundo y de lo que ello implicaba. Miraba hacia abajo y solo veía rutina, invierno, café por las mañanas, polvos por las noches, un sueldo a fin de mes, un libro mal escrito, un poema que solo entendía él.
Miraba hacia arriba y no veía nada. Absolutamente nada.
tú fuiste la solución durante un tiempo
cuando estaba solo,
irremediablemente solo y perdido,
te miraba.
en tus ojos sentía el peso del mundo y el coraje
que se me olvidaba que tenía.
y ahora que ya no estás
pienso
a dónde iré
a dónde iré.
martes, 24 de febrero de 2015
poesía
yo no escribo poesía para todos los públicos;
no escribo para ti,
lector anónimo
ni tampoco para ti, que
alguna vez la casualidad te condujo
hasta mí.
pensándolo mucho
tampoco escribo, del todo,
para mí.
yo no sé escribir.
no, no sé.
no pretendo que este conjunto de
palabras vomitadas
signifiquen algo para alguien
no pretendo ser bueno,
amable, ético, interesante, amante
o amigo;
pretendo alcanzar ese punto
en el que las realidades chocan y
hacen un ruido
concreto.
entendí que no se trataba de
escalar,
sino de sumergirse
en el lodo, en lo negro,
restregarse por el suelo
dejar un
olor.
para mí, la poesía es mentira.
es mentira porque las grandes cosas que
queremos decir
se quedan dentro del alma
y jamás podrán tener forma de
palabras.
R.H
no escribo para ti,
lector anónimo
ni tampoco para ti, que
alguna vez la casualidad te condujo
hasta mí.
pensándolo mucho
tampoco escribo, del todo,
para mí.
yo no sé escribir.
no, no sé.
no pretendo que este conjunto de
palabras vomitadas
signifiquen algo para alguien
no pretendo ser bueno,
amable, ético, interesante, amante
o amigo;
pretendo alcanzar ese punto
en el que las realidades chocan y
hacen un ruido
concreto.
entendí que no se trataba de
escalar,
sino de sumergirse
en el lodo, en lo negro,
restregarse por el suelo
dejar un
olor.
para mí, la poesía es mentira.
es mentira porque las grandes cosas que
queremos decir
se quedan dentro del alma
y jamás podrán tener forma de
palabras.
R.H
jueves, 19 de febrero de 2015
X
Nunca terminé de entenderla. Cuando pensaba que ya estaba llegando al epicentro de su esencia, se escapaba y dejaba entre nosotros una distancia fría y vacía. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que ese era su juego con las personas; permitía que entrases en su vida, te sumergía en su mundo extraño y una vez que quedabas allí, perdido y confundido, soltaba tu mano y dejaba que te ahogases. A muy pocos se les ocurrió que la solución era seguir nadando hacia abajo en vez de salir a la superficie. Supongo que no todos estamos hechos para compartir nuestra vida con la suya. Pero no me arrepiento de nada, si te digo la verdad. A veces, cuando amanecía a mi lado, me hacía el dormido para mirar esos primeros minutos de vida. Y la tipa, con los ojos en blanco y su habitual expresión de indiferencia, esperaba encorvada a algo. Parecía concentradísima y todas esas cosas que a uno le hacían preguntarse en qué demonios andaría metida.
¿Sabes? Desde que nos conocimos supe que no duraría mucho. A lo sumo, unos años. Lo sabía porque ella, aunque clavase sus ojos en los míos, no me miraba. No estaba dentro de mí ni lo estaría nunca; jamás abandonó a su verdadero amante, algo que sin forma definida ni nombre le hacía sentir todo lo que jamás sintió por un ser humano.
Por eso la dejé ir.
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domingo, 1 de febrero de 2015
un buen recuerdo
En el desierto vi una criatura desnuda, bestial,
que, acuclillada en el suelo,
tenía su corazón entre las manos
y comía de él.
Dije: "¿Es bueno, amigo?
Y él contestó: "Es amargo... amargo,
pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón."
STEPHEN CRANE
______________________________________
Nacido en una ciudad de muertos.
BRUCE SPRINGSTEEN
______________________________________
Mi superficie soy yo mismo,
bajo la cual, como testigo,
está enterrada la juventud.
¿Raíces? Todo el mundo tiene raíces.
WILLIAM CARLOS WILLIAMS
______________________________________
Pues yo nací con mi traje de nacer.
El médico me palmeó el culo
y dijo: "Vas a ser algo especial,
tú, dulce culito."
SIDNEY SIMIEN
______________________________________
Yo soy el coco,
eso es lo que soy,
y he venido para ver
lo que podía hacerte...
K.C y la SUNSHINE BAND
_____________________________________
no soy
bueno;
tampoco malo.
solamente
verdadero.
tan verdadero
como el
polvo que se acuesta
encima de
las cosas
olvidadas.
ROBERT HAYDN
***
empezado a decirlo. «La venganza es muy puta»: eso era suyo. «Fóllame, Freddy» y media docena
de expresiones todavía más jugosas llevaban la impronta de Beaver. El que les había enseñado a
decir «lo que pasa, pasa» era Henry; era la típica chorrada zen que le gustaba, hasta de niños. Pero
«SSDD»... ¿De quién había salido «SSDD»?
Daba igual. Lo importante era que siendo cuatro creían en la segunda mitad; después, siendo
cinco, en las dos, y, al volver a ser cuatro, en la primera.
Cuando volvieron a ser los cuatro de siempre, empeoraron las cosas. Hubo más días oscuros,
días de fóllame, Freddy. Ellos lo sabían, pero desconocían el motivo. Sabían que les pasaba algo (o
en todo caso que eran diferentes), pero no sabían qué. Sabían que estaban atrapados, pero no
acababan de saber en qué sentido. Y todo mucho antes de las luces en el cielo. Antes de McCarthy y
Becky Shue.
SSDD: a veces se dice por decir. Y a veces sólo se cree en la oscuridad. Entonces ¿cómo
se sigue viviendo?"
viernes, 30 de enero de 2015
El loco.
al principio eran sombras molestas, formas abstractas, pura anormalidad
en las esquinas de mi habitación
yo creía a ciencia cierta que se trataba de mi insomnio, distorsionador de mundos, de realidades, como cuando estás borracho y todo va muy deprisa
y lo dejaba pasar.
después eran sonidos puntuales
cristal y pizarra arañados, pasos en la planta de arriba
sin que hubiera nada encima de mi cabeza salvo tejado y estrellas y quizá una luna
y nubes.
yo creía que seguía siendo cosa de mi insomnio, del cansancio y de los sueños
y lo dejaba pasar.
una noche salí enfermo al pasillo, abandoné mi refugio pestilente
a prueba de bombas
y los vi
con la misma claridad que tendría cualquier mirada al cruzarse durante un segundo en tu camino
o los sueños densos que nos hacen sudar.
se arrastraba la pobre criatura
sin piernas pero con brazos muy largos
dejando a su paso una hilera de lodo marrón y púrpura, como la sangre que
se vomita después de varias malas rachas.
sus movimientos eran arrítmicos y forzados, algo así como un espasmo y
posturas imposibles
y ese sonido monstruoso de cartílagos en movimiento chocándose entre sí
y la respiración casi asmática y gruñidos de alimaña.
se mostraba unos segundos hasta que apartaba la vista y salía de esa estúpida e inútil parálisis.
y lo dejaba
pasar.
a veces venían en forma de reptil humanoide, reptando como a cámara rápida
por todas mis paredes,
mostrándose con un poco de arrogancia y diciendo
-¡Eh, estoy aquí! ¿Puedes verme? He venido, he venido, he venido...
resultaba insoportable y gracioso y aterrador simultáneamente
y colgaba de su cráneo cabello enredado y largo
casi tan largo como sus brazos.
casi al final, sin respetar aquél pacto de nocturnidad, olores pútridos de muerte y caos
y cadáveres apilados en esa habitación angosta
me visitaban frecuentemente
mientras hablaba con alguien o me encendía un pitillo o me duchaba.
y, obviamente,
lo dejaba pasar.
sí.
lo dejaba pasar.
al final
de una forma u otra,
el miedo fue evaporándose junto a la confusión, el pánico y la angustia.
solo quedaba una extraña sensación de incomodidad en la comodidad
nostalgia, profunda
tristeza.
no importaba el escenario. aquellos infraseres fueron devorando lentamente
mi territorio y el de los demás para convertirlo en
el suyo.
vayamos a las montañas de la locura y dejemos pasar una y otra vez aquello que fuimos
somos y
seremos
una noche más.
en las esquinas de mi habitación
yo creía a ciencia cierta que se trataba de mi insomnio, distorsionador de mundos, de realidades, como cuando estás borracho y todo va muy deprisa
y lo dejaba pasar.
después eran sonidos puntuales
cristal y pizarra arañados, pasos en la planta de arriba
sin que hubiera nada encima de mi cabeza salvo tejado y estrellas y quizá una luna
y nubes.
yo creía que seguía siendo cosa de mi insomnio, del cansancio y de los sueños
y lo dejaba pasar.
una noche salí enfermo al pasillo, abandoné mi refugio pestilente
a prueba de bombas
y los vi
con la misma claridad que tendría cualquier mirada al cruzarse durante un segundo en tu camino
o los sueños densos que nos hacen sudar.
se arrastraba la pobre criatura
sin piernas pero con brazos muy largos
dejando a su paso una hilera de lodo marrón y púrpura, como la sangre que
se vomita después de varias malas rachas.
sus movimientos eran arrítmicos y forzados, algo así como un espasmo y
posturas imposibles
y ese sonido monstruoso de cartílagos en movimiento chocándose entre sí
y la respiración casi asmática y gruñidos de alimaña.
se mostraba unos segundos hasta que apartaba la vista y salía de esa estúpida e inútil parálisis.
y lo dejaba
pasar.
a veces venían en forma de reptil humanoide, reptando como a cámara rápida
por todas mis paredes,
mostrándose con un poco de arrogancia y diciendo
-¡Eh, estoy aquí! ¿Puedes verme? He venido, he venido, he venido...
resultaba insoportable y gracioso y aterrador simultáneamente
y colgaba de su cráneo cabello enredado y largo
casi tan largo como sus brazos.
casi al final, sin respetar aquél pacto de nocturnidad, olores pútridos de muerte y caos
y cadáveres apilados en esa habitación angosta
me visitaban frecuentemente
mientras hablaba con alguien o me encendía un pitillo o me duchaba.
y, obviamente,
lo dejaba pasar.
sí.
lo dejaba pasar.
al final
de una forma u otra,
el miedo fue evaporándose junto a la confusión, el pánico y la angustia.
solo quedaba una extraña sensación de incomodidad en la comodidad
nostalgia, profunda
tristeza.
no importaba el escenario. aquellos infraseres fueron devorando lentamente
mi territorio y el de los demás para convertirlo en
el suyo.
vayamos a las montañas de la locura y dejemos pasar una y otra vez aquello que fuimos
somos y
seremos
una noche más.
miércoles, 28 de enero de 2015
aquí viene de nuevo
Agregué el agua, removí toda la mezcla y salí de la cocina para sentarme en el sofá, retomar el libro y esperar. No era uno de esos libros interesantísimos e inpsiradores que tanto me gustaban, pero servía, de alguna manera. Sin música, sin el murmullo relajante de las voces que salen de la televisión. Puro silencio. Y luz. La luz de la primavera colándose por las ventanas. Estaba relajada. Pasaron los minutos y volví para mirar el arroz. Lo probé. Duro y soso, muy soso. Le eché sal y volví al salón. El capítulo iba sobre unos chavales que iban con mi protagonista por la playa, en verano, por la noche, bebiendo cerveza y evadiendo temas de conversación incómodos. Me gustaba él porque decía que leía a Tolkien y que estaba deprimidísimo y que se había metido a trabajar en un parque de atracciones haciendo de perro. Bailando para niños, esas cosas. Era un tipo majo. El típico que se mataba a pajas cada día de forma más o menos digna. Pues bueno. Volví a mi arroz al rato. Lo probé. Estaba casi, pero le faltaba sal. Volví a echar un poco más a ver si se animaba la cosa. Pero no. No funcionaba, no sé por qué. Saqué toda esa masa repugnante y la volqué a desgana en un plato sin quitarle el agua ni ponerlo elegante. Lo llevé a la mesa, encendí la televisión y me llevé una cucharada de esa sopa-arroz a la boca. Repetí eso unas cuatro veces hasta que me harté y llevé el plato de vuelta a la cocina. Esta vez casi volqué el salero dentro. Removí todo y volví a probarlo. Seguía sin saber a nada. Mientras me peleaba con cada grano de arroz y con cada partícula de sal pensé que era así con todo, una y otra vez. Los besos con la gente, las charlas con la gente, las clases con la gente, el trabajo con la gente, internet con la gente, el sexo con la gente, los cigarrillos con la gente, la gente. A todo aquello le faltaba una cantidad imposible de sal. Tal vez era yo. Sí, probablemente tuviese el paladar estropeado desde un principio. No parecía que fuese a mejorar con los años y ya tenía asumido que no daría mi brazo a torcer. Me sentía metida en un ring dándome de puñetazos con el aire, convencida de que merecía la pena.
Qué puedo decir. Allí estaba yo, la heroína de los locos optimistas y esperanzados que apenas saben de nada, masticando aquella basura mientras el mundo giraba y giraba y giraba.
Qué puedo decir. Allí estaba yo, la heroína de los locos optimistas y esperanzados que apenas saben de nada, masticando aquella basura mientras el mundo giraba y giraba y giraba.
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