Cada vez que escuchaba la frase "el peor enemigo eres tú mismo", creía que estábamos hablando de tonterías. No podía llegar a entender cómo uno mismo resultaba ser el mal, la raíz de muchos de los problemas que nos acosan noche y día. Todos tenemos esa inmadura etapa de echar la culpa a los demás, como ya sabes. Todo te parece una amenaza y la gente es un asco. Tú tan bien y los demás tan mal.
Y entonces, en ese momento en el que te ves forzado a cambiar de escenario debido al paso de los años, te das cuenta de que la gran mayoría de las dolencias que cargas son todo fruto de ti mismo.
Es algo difícil de tragar.
Todavía me cuesta mirarme al espejo y ver las dos caras de la moneda; sin preliminares y durante un segundo, la expresión del rencor y el odio aparece a través de esos ojos como si te dijese un sonoro que te jodan. Y es cierto: de ti mismo van a nacer los boicots más horrendos que jamás vayas a conocer.
Las personas que hemos nadado durante años en la miseria absoluta conocemos bien este cuento: a la mínima que te paras a coger aire, una fuerza extraña tira de tus pies hacia el fondo del mar, queriendo que te ahogues, que te sigas ahogando y que no dejes de mover las piernas, sí; pero hacia abajo.
¿En qué momento de la vida nos han preparado para luchar contra lo que más amamos?
lunes, 18 de septiembre de 2017
aún a pesar de andar por la vida cargando varias toneladas acudía a ti cuando gritabas, en voz ronca, mi nombre. nunca me ha importado el peso si se trata de cumplir mi propósito. allí estaba, cargada de tabaco, paciencia y muchas horas que se acumularían en el reloj del ordenador, encendido para nada en especial. si elegíamos nuestros huecos para lamernos las heridas era porque nos recordaba, quién sabe, a la cantidad de tardes y noches despiertas, cada una a un lado, cada una en un kilómetro distinto, odiándonos y queriéndonos como nos había enseñado el tiempo a hacer.
yo no soy una experta en la resolución de problemas, es obvio; toda mi vida siempre fue un problema en sí misma. a veces se deshilachaba un poco y alguien se tomaba la molestia de tirar del hilo. entonces, de un punto pequeño, se abría una montaña llena de riachuelos, noches estrelladas, troncos en llamas y animales huyendo. así era mi forma de resolverme la existencia, adentrándome en esa montaña que creía secreta para apagar los fuegos, llevándome, por supuesto, cien mil quemaduras como intercambio.
supongo que hay dos maneras de entender las cosas: o bien las entierras hasta olvidarte o las expones en un escaparate de la calle principal de tu ciudad. ambas son muy peligrosas, hay que equilibrarlas para que no se vuelque la mierda en todas las direcciones.
¿alguna vez te has parado a sentir el viento en otoño, removiendo todas las hojas secas?
te diré algo que he aprendido recientemente: cuando sacas un poco la cabeza de tu lodazal particular la vida es mucho más soportable e, incluso, esperanzadora.
miré a mis alrededores. nada interesante, ningún momento que requiriese suspicacia, especial atención o un giro de los acontecimientos. las horas empezaron a acumularse en mi reloj roto y eso me estaba drenando la poca energía que había escogido retener. a día de hoy miro ese reloj parado y solo me nace una sonrisa amarga.
la vida rápidamente te enseña que pase lo que pase hay que pelear. que hay que seguir dando pasos en la dirección que se supone que es correcta. que hay que dejarse los cuernos por cualquier cosa que nos parezca importante, necesaria o imprescindible. la vida también te engaña, un poco: "si luchas con pasión lograrás cualquier objetivo". volvemos al mismo tema repetitivo que me taladra las sienes, ese tema que siempre termino por mencionar cada vez que pierdo mi tiempo escribiendo para nadie: la esperanza. la mayor de las desgracias del ser humano, ¿no crees? pregúntate un momento cuántas gilipolleces por segundo has podido hacer por tener esperanza en, quizá, que las cosas cambien; en que no ha sido tan hijo de puta, que podría ser peor; en que mañana te despiertes y sientas valor suficiente para poner tu mundo patas arriba.
me resulta contradictorio. a mí la vida me ha enseñado todo lo contrario: me ha enseñado a perder. a retirarme del campo de batalla, nunca a tiempo y con golpes de más. me ha enseñado el olor de la decepción, el sabor de la derrota y el sonido del adiós. me ha enseñado a ser cobarde y astuta a partes iguales: a no mojarme los pies si el agua está demasiado fría. me limitaba a seguir los instintos cerebrales de supervivencia, los cuales cada día dolían menos y eran más amables con mi situación. aquí está lo interesante: hacerte el héroe siempre construye páginas bonitas y moralmente honorables en tu libro, pero a la hora de la verdad te destrozan y te hacen más idiota, más vulnerable y más manipulable.
la vida tampoco va de blancos y negros. la gente que lo ve así es simplona y triste. he visto tantas tonalidades entre esas dos gamas que podría pasarme toda una vida tratando de encontrarles nombres. también he visto azules, rojos y verdes. he sacado más de mil matices a situaciones que nunca fueron fáciles de digerir. en la mayoría de ellas, perdí. el olor de la retirada es peculiar. huele a sábanas sin cambiar en semanas, a humedad, a sudor, a nicotina quizá. se siente pegajoso, como si se adhiriese a tu sombra y no fuese a largarse nunca.
¿sabes lo bueno de perder siempre?
nunca hay que dar explicaciones porque no queda nadie a quien dárselas.
atardecía. estaba volviendo a casa con una sensación extraña. a mis pies, el mundo parecía desmoronarse. no tenía prisa; si caía por aquél hueco quizá dejase de sufrir. algo pasó. hicieron falta pocos segundos para que se me inundasen las venas del calor de la primavera. quise creer que fueron varias horas, días incluso, pero el corazón nunca entiende de esos temas; llega instantáneo como una explosión y no te da opción a nada.
te miré de reojo mientras te ponías el abrigo. por alguna razón quise llorar. estaba fascinada por los actos más cotidianos y sencillos que la vida me estaba ofreciendo contigo. respiré hondo para calmar la velocidad a la que corrían los perros dentro de mi alma, que empezaba a florecer. entonces, como una imbécil, fantaseé con la idea de quererte. fumaba un cigarrillo, años más tarde, mientras te oía mear y hablarme a voces de alguna estupidez. luego cogeríamos las cosas y nos iríamos a cenar a alguna parte. y volveríamos a casa de la mano, un poco más viejos y un poco más nuestros.
quizá estaba demasiado herida para plantearme todo eso. sangraba por todas partes; esos hijos de puta habían golpeado mi esperanza demasiadas veces. ¿sabes? mi vida se ha basado en pelear, en pelear por cualquier cosa, incluso por levantarme de la cama en bragas y hacerme un café. me he vuelto una experta en recibir hostias pero sigo siendo una torpe a la hora de devolverlas. mi estilo es más de quedarme quieta y prepararme para la siguiente embestida. desde esta perspectiva, no tengo un fondo muy agradable. mi fondo no suele gustar. ya te he contado lo que pasa: la gente se cansa de ello. creo que se cansa porque no ve esperanza alguna, al igual que yo tampoco la veo. pero en aquella despedida, llámalo intuición, noté que podía devolver algún que otro golpe a esta mierda que me rodeaba. sentí que quería hacerlo. sólo había una razón y era igual de estúpida que mis fantasías: tú. ¿quién era yo para determinar que podía salir bien, de todas maneras? me recreé un poco en esa lejana posibilidad, fumé otro cigarrillo, escuché mis canciones y pensé en tu forma de andar, en tu voz, en la timidez que desprendías cada vez que me atrevía a dar un paso más.
mi mundo se derrumbaba pero decidí atar a mí algunos pedazos y tirar de ellos. no se lo iban a llevar todo; no me iba a llevar todo otra vez. iba a combatir a mis demonios y sacar la cabeza fuera del agua para respirar como no había respirado en años. tanto tú como yo nos merecíamos un jodido respiro, un cambio de rumbo, un poco de luz. te lo dije todo con un beso y firmé en alguna parte mi predisposición a disfrutar otra vez de esos cafés, de esas mañanas que daban paso a un día más. creo que mi soledad a veces se empeña en convencerme de que la vida se entiende mejor si estás solo y anclado a decepciones, pero, ¿sabes? has conseguido inyectarme las ganas de mandar a esa perra lejos de mí. no creo que seas consciente de lo que has supuesto, y está bien; ni siquiera yo lo soy. todas esas fantasías empezaban a hacerse tan reales como cada beso que me dabas antes de maravillarte con la idea de lo mucho que nos queríamos.
esta despedida ha sido un poco más amarga que las anteriores. se me rompió el alma mientras volvía a casa. era una necesidad, ahora, el hecho de poder contarte mis secretos mirándote a los ojos, y tu ausencia física dolía un poco más de lo que habría imaginado. supongo que me arrancaste el corazón y te lo llevaste, y qué feliz me hace eso.
con todo esto no quiero decirte nada en concreto. no se me da bien expresar mis sentimientos y menos cuando escribo más para mí que para nadie. pero créeme cuando te digo que voy a seguir luchando por esos deseos que han ido apareciendo, con tu esencia, en mi lista de cosas que conseguiré. y no he conocido a nadie más tenaz que yo cuando se trata de perseguir sueños.
preparé con delicadeza un cigarro, me serví una copa de vino, busqué aquella canción. últimamente prefería el vino a la cerveza; tenía la sensación de que todas las derrotas se habían vuelto más elegantes, más adultas. me hacía vieja. el sabor de todo aquello era más profundo y complejo. el escenario era perfecto para reencontrarse con los fantasmas que siempre tocaban a mi puerta. me deprimí amablemente. con honestidad, confieso que era el único espacio en el que me sentía segura y mía. tenía las riendas.
dosifiqué con cautela los suspiros para disfrutar del momento; era como volver a casa. sí, tenía la estúpida manía de llamar hogar a las personas, a los momentos que compartía junto a ellas. en realidad no es así: lo único que nos pertenece son los segundos en los que nos reencontramos con nosotros mismos.
es doloroso, pensé. la separación se hacía tangible. empezó a picarme la nariz, la garganta me oprimía. arrugué el morro. las lágrimas que esforzaba en contener me indicaban que había vuelto a perder la pelea. a lo largo de mi vida he ganado muchas, pero he perdido bastantes más de las que normalmente una persona puede perder. fracasada, eso era. me entusiasmaba y me horrorizaba a partes iguales sentirme cómoda en este momento.
muchos me han considerado insensible, fría. lo cierto es que era una persona sentimental. veía nostalgia en las cosas más sencillas, las pocas que mi cerebro enfermo recordaba. su forma de peinarse el pelo, las cuentas a medias, las miradas nerviosas cuando clavaba mis ojos en los suyos, una sonrisa que se escapaba ante un halago, las últimas páginas de los libros, las puestas de sol al volver a casa. todo aquello me hacía sentir fuera de lugar porque, aunque hubiese sucedido todo ayer, había un abismo temporal entre este instante y eso. no me veía mala persona pero todo el mundo se empeñaba en recordarme que sí lo era. acababa siendo el blanco del odio y del rencor. quizá mi inestabilidad no podía encajar. lo que veía simple y coherente no lo era para ellos. parecía como si todos tuviésemos la obligación de escribir un libro y seguir la historia desde el último capítulo. como si no tuviéramos libertad de cambiar de portada, de ritmo; como si las palabras fueran lo único que nos quedaba. escribí hace unos años que yo no me encontraba en una sola letra: mi alma prefería anclarse entre los espacios en blanco. no tenía nada sólido a lo que agarrarme y me valía, me gustaba, era impredecible, era humo. aquello molestaba a todos por igual. no entendían nada ni se molestaban en hacerlo porque tenían sus caras incrustadas en sus culos y en esas viejas portadas de las que se creían dueños, incluso más dueños que yo.
amanecía en mi ciudad y la soledad se hizo una con mis cenizas.
noté una sensación extraña en mis entrañas: la separación con el mundo era casi tangible, el sonido se distorsionaba, las luces empezaban a temblar. había una brecha entre ellos y yo y ninguna de las dos partes tenía el valor de arriesgarse y saltarla. eran territorios diferentes, estaban demasiado lejos. quizá lo más sensato era seguir hablando a voces. muchos de los mensajes se perdían en el espacio, llegaban a la mitad, se quedaban en el aire; nunca se me ha dado bien enseñarle a nadie el epicentro.
miré la puesta de sol desde un ángulo escondido. tal vez nunca podría llegar, pero por alguna extraña razón, tras el daño, me apetecía construir un puente. uno muy inestable, claro, pero algo que pudiese acercarme a esa realidad tan conocida y desconocida a la vez.
abrí mucho los ojos: hacía años que no sentía motivación. que no sentía pasión por las cosas que, supuestamente, más me importaban. no tenía sentido pero quería seguir en esa frecuencia un rato más.
sentía la fuerza a cada paso. la determinación por hacer algo bien en mi vida. por cuidarme y por cuidar a los demás aún a pesar de todo. quizá era una pausa sana; quizá se evaporaba en unos días. no importaba.
me encogí de hombros y abrí otra cerveza sonriendo un poco.
Me refugié en la idea de que algo merecía la pena. Que lejos de los obstáculos, las decepciones y la sal en las heridas había una luz que podía paralizar todos mis sistemas, anclarme al suelo y no dejarme ir. Algo por lo que me viese obligada a seguir combatiendo. A veces es difícil verlo entre tanta oscuridad, hasta el punto que parece una ilusión. Lo llaman esperanza; qué palabra tan sencilla para lo mucho que significa. Sin la esperanza no somos nada, ¿verdad?
Alguien me dijo una vez que la mayor virtud que vio en mí era la resistencia; esa capacidad infinita de levantarme una y otra vez después de los golpes, de la sangre por el suelo, de los "no puedo más". Tenía razón: estoy hecha de una pasta fuera de lo común. Pude ver los campos quemados a mi paso, sentí el abandono en mi piel. No pude hacer más que quedarme quieta y olisquear el humo. Otra etapa se terminaba y contenía el mismo aroma a desastre que las anteriores. ¿Es que la vida no iba a dejar de apretarme el cuello?
Entonces decidí levantarme y caminar hacia la puerta de salida. Ya no había ganas ni siquiera de darle vueltas; esto era un cierre al que me vi forzada a participar. Una vez más, sin que nadie me preguntase, llegó, y dolió como siempre duele.
No iba a ceder tan fácilmente.
Decidí, en un acto casi tierno, recoger las pequeñas luciérnagas de mi jardín y llevármelas en un tarro. Y hasta que su luz alumbrase el camino, eché a andar.
existen diferentes sabores a soledad. unos son más dulces; otros, más amargos. los hay picantes y los hay ácidos. creo que puedo presumir de conocerlos todos bien, si es que acaso se puede presumir de eso. en pocas semanas he ido desligándome de las cosas que, aparentemente, importaban. de las que me preocupaban en todo momento, de las que podían cambiarme la vida de manera brusca. y así fue. este año no se presenta agradable, para variar. echando la vista atrás me entran ganas de llorar. ¿sabes por qué? ya he hablado de esto antes. hablo de esta mierda constantemente, y no me extraña que la gente se harte de mí, no conozco otro tema de conversación. pero es lo que hay, supongo.
ayer me sentí fuera de onda. algo iba mal. se notó especialmente ácido; estaba perdiendo los papeles. ¿por qué era así? ¿dónde quedó esa mujer fría y dura como el hielo?
supongo que no siempre se puede fingir. y de veras que lo intento, pero no se puede; todo acaba pesando más de lo que debería.
si tuviera que definir la peor de las soledades probablemente sería aquella en la cual estás frente a la persona que quieres y no puedes evitar detestarla. en esos momentos agarrarías tus cosas y adiós, pero no hay manera de hacer eso. los pies se te anclan al suelo y solo deseas desaparecer. es tan profunda y destructiva que ni siquiera salen las lágrimas. que ironía. suele sucederle a las personas como yo que se sienten más solas e incómodas cuando están rodeadas de otra gente. en fin.
me pasé la vida esquivando sombras, paseando por la oscuridad, bailando entre demonios que no tenían cara aprendí, a base de recibir golpes a ser grácil liviana y hábil en lo mío nadie podía superarme; sentada en aquella cima de mierda era la reina de las tinieblas. en algún momento esos demonios aprendieron a subir escalaron en silencio todas aquellas trabas llegaron a mí tenían un mensaje importante que darme: todo lo abstracto se solidifica adquiere una forma y te mira a los ojos; nadie me enseñó a esquivar eso. traté de aferrarme a todo lo que había aprendido ese baile estúpido que en algún sentido me hacía creerme más inteligente más hábil y más preparada que cualquier otro nada pudo parar a esos demonios; se llama realidad y nunca trajo nada bueno. por primera vez en años me siento sola y tengo miedo de ello.
el perro sarnoso se mantenía en cautiverio. su habitación era pequeña, húmeda, oscura y fría. las paredes se descolchaban; la poca luz que entraba servía de guía para no perderse demasiado en las sombras. alimentaban a ese perro de tanto en cuanto, lo suficiente para que no muriese de hambre. eventualmente nadie pudo contenerlo. acabó loco y enfermo. de un golpe derribó la puerta que lo frenaba, salió al mundo exterior, esparció su enfermedad por los pasillos, por las otras habitaciones; aquél zulo había gestado algo destructivo y peligroso. era como una peste. cuando llegó a la cocina infectó todos los alimentos, absolutamente todos. la podredumbre carcomía los últimos colores vivos. ese perro estúpido no se merecía nada de lo que le estaba pasando y aún así no podía dejar de esparcir su mierda por donde pisaba. era demasiado tarde; no existía cura ni remedio, ni alivio, ni esperanza. cuando nos quitan la esperanza ya no nos quedan motivos para seguir viviendo. conozco bien la sensación. dura pocos minutos. el cerebro tiene sus estrategias para que nada lo desconecte. y sin embargo, en esos minutos de peste, cualquier cosa que podría ser mejor se reduce a la nada. queda una ventana abierta, un frasco de pastillas, un coche que iba demasiado deprisa, un río, gas.
la poca luz que entraba por la ventana era lo único que mantenía medio cuerdo y medio vivo a ese puñetero perro.
sentarse a escribir en un día sin lluvia, sin sol. hasta arriba de nicotina y ganas de mandarlo todo al cuerno. con cuánta frecuencia llega esa sensación tan conocida, ¿verdad? dejo que la depresión me muerda los talones, estoy cansada de correr; aminoro el paso, le doy la mano y nos sentamos un rato en mitad de la carretera. no hay mucho más que hacer salvo encender otro cigarro y perder la mente un rato por cualquier gilipollez mundana.
alguien que pasa de largo se ha parado un segundo a preguntarme que por qué siempre estoy tan triste. no sé, le respondo. realmente no lo sé.
veo en todas las caras un atisbo de ese sentimiento que me atormenta día y noche. logro percibir la tristeza allá donde vaya, entre las parejas de enamorados, en las familias cuando cenan en Navidad, en los niños cuando salen del colegio. una parte de mí se pregunta si ellos no la ven, y de ser así, ¿cuándo lo empezarán a hacer?
me subo a un autobús. ha sido un día bueno, me digo mientras voy sentándome. pongo una canción. la mierda se empieza a colar por las grietas del muro de hoy, que ya no aguanta; me atraganto, contengo las lágrimas. vuelve a morderme los talones esa hija de puta, ¿y sabes qué? no hay forma de pararla. tiene un tamaño descomunal. hace muchos años que me vi pequeña a su lado y dije, oye, no pasa nada, quédate un rato más.
estoy cansada. no hay ni un solo segundo en mi soledad que no me sienta así.
no me gusta lo que escribo. no me gusta escribir sobre ella. no me gusta escribir sobre la nostalgia constante que me martillea el cerebro. caras que ya no están, sonidos que se han perdido en un eco cada vez más difuso, botellines de cerveza sola en un bar, o en mi casa; cigarrillos a la mitad, relaciones que se estropean, un futuro cada vez más incierto. y ese refugio cutre que todo marginado social ha encontrado en internet, supongo.
Me reconozco una persona de repeticiones. Escucho las mismas canciones desde hace años, veo las mismas películas, utilizo las mismas camisetas, considero los mismos sitios como algo especial. Soy capaz de sentir las mismas cosas que hace 10 años, un poco descafeinadas, quizá, pero con el mismo olor. Mi cuerpo se sigue moviendo entre la comodidad de lo conocido, huyendo del pánico a conocer. He perdido la capacidad de adaptación. O tal vez no quiera adaptarme a lo nuevo. Es así como funciona mi cerebro; rechaza las situaciones que puedan arrancarme del nido en el que he construido mis frágiles, y a la vez sólidos, pilares.
Cuando me asomé al balcón era de noche, pero las luces de Shibuya aclaraban la oscuridad. El piso no era nada fuera de lo común, pero me anclé brevemente a la posibilidad de verme en diez años paseando por esos callejones. Se podía ver un parque, rascacielos, gente regando las plantas antes de entrar y cenar. Me imaginé entrando en los mismos restaurantes; en las mismas tiendas, cogiendo los mismos metros, sintiendo la misma calidez del verano. También me imaginé subiendo al Tokyo Sky Tree, muerta del pánico, con la estúpida idea en la cabeza de volver a encontrarte. Te aseguro que es el único sitio en el que no volvería a ir si no fuese por ese pequeño y crítico detalle. Incluso ahora, mientras fumo un cigarro y escribo estas líneas, vuelvo a sentir la misma sensación de náusea que entonces.
Es curioso, ¿verdad? La imposibilidad de avanzar mientras la vida te obliga a seguir caminando.
Me gustaría tener el valor de enfrentarme a aquello y escribir varias páginas, pero no soy capaz. Para cuando esté preparada será demasiado tarde, y volveré a contarte lo imbécil que fui por no materializar algo tan importante, por haberme perdido en esa comodidad.
No existen mejores profesores que los años que se van acumulando a la espalda. Que las experiencias que vamos viviendo, los momentos que se quedan grabados a fuego en la retina. Si eres un poco espabilado aprendes deprisa que este juego va de adaptarse; de modificar la forma en base al molde que nadie te obliga a tener salvo tú mismo. En definitiva, veo la vida como resignación. Resignación a unas circunstancias. Al conformismo más amable y deprimente que pudiera imaginar. A encoger los hombros ante una nueva decepción que, en el subconsciente, ya había sucedido antes. A apretar los dientes y respirar hondo para evitar las lágrimas y seguir un día más, un año más aquí. A contenerse ante la ira, ante los celos, ante la venganza, ante las ganas de alzar la voz. He conocido a muy pocas personas capaces de sobrellevar todo esto, y francamente, a más poder de adaptación, mayor fortaleza. ¿No es así?
Hay noches en las que me paro a pensar que nada de esto es justo.
Que la vida no es justa nos lo han repetido mil veces. Y últimamente bajo la mirada; escojo el camino que tan bien he aprendido.
Probablemente tú, que me estás leyendo en un rato de no hacer nada, o quizá porque me echas de menos, o sientes curiosidad, no sé, créeme cuando te digo que eres bastante afortunado. Sólo por el hecho de no haber nacido con una jodida piedra en cada zapatilla; por no inhalar humo, por no asfixiarte bajo los rayos del sol. Por no sentir pánico en cada verano, por no huir de las primaveras. Por no sentirte el ser más miserable y gilipollas de toda la cuidad.
La gente con ganas y fuerza para revolverse a las cadenas que ellos mismos se han colocado me provocan una leve risa triste. Si fuese un poco más sencillo... si tuviese, aunque solo fuera, un 1% de esperanza... quizá podría intentarlo.
Todavía no tienes ni idea de lo fuerte que puedes llegar a ser.
No agaches la cabeza cada vez que pases por un grupo numeroso de tíos.
Aprovecha esos últimos días en los que las cosas entre tu padre y tú no están tan jodidas.
Deja de obsesionarte con las pastillas; son inútiles.
Tranquilízate, acabarás por salir de ese infierno y no volverás a saber nada de ellos.
Las personas que menos te esperas te van a traicionar; por el contrario, fíate de tus intuiciones, ellos son inamovibles.
Espera a los diecinueve, verás que empiezas a sentirte un poco más libre.
Sal corriendo de esas relaciones tóxicas; aunque tú no lo sepas, eso se llama maltrato.
Aunque las cosas cambien, recuerda, jamás dejó de ser especial.
Volveréis a veros. No de la manera que esperas. No en el escenario que esperas, ni tampoco en un día soleado, ni en una noche entre bares y restaurantes, ni por las calles en un día de lluvia: pero os veréis. Y será como si una bala te atravesara todo el pecho, soltando metralla.
En el horizonte menos esperado, tu fuerza de voluntad se hará un poco más fuerte.
¿Ves esos edificios? ¿Ves esas luces en la noche?
Querida yo del pasado: ni se te ocurra morirte todavía. Ni lo intentes. Entre tú y yo, quedan cosas jodidamente increíbles por vivir.
Me advirtieron de que, tal vez, la decepción podía destruir ese pequeño castillo de cristal que había construido alrededor de la idea de conocerte.
Me dijeron que las idealizaciones acaban por no ser exactas y que siempre, siempre fallan.
Por algún motivo me he pasado toda la vida idealizando. Es la única manera de obligarme a dar una oportunidad a las cosas. Y jamás había apostado tanto por nada.
Te puedo asegurar que jamás sentí tanto miedo. Me temblaba el corazón, sentía ganas de vomitar, de llorar, de salir corriendo y arrepentirme el resto de mi vida. Supongo que nadie entendería nunca lo valiente que fui en el momento de conocerte, y lo hice, y hoy pienso en todo aquello y vuelvo a temblar.
Me recuerdo asomándome a tus ventanas para ver el horizonte, para perderme en tus luces y en tus sombras, en tus callejones oscuros llenos de misterio. Recuerdo los sonidos, los gritos y los susurros. Recuerdo los olores, las sensaciones tan confusas que inundaron eso que yo llamo alma aun a pesar de no creer que exista. Recuerdo cada amanecer a tu lado, cada anochecer.
Había algo fuera de lo común en todo aquello. Sonreí con timidez; nunca había estado equivocada contigo.
Me he pasado toda mi vida imaginando cómo sería. Todas las jodidas decisiones importantes que he tomado han sido en base al humo que yo creí que te rodeaba. ¿Sabes realmente lo que significa eso? Creo que se llama "sueño". La gente habla mucho de los sueños que quieren perseguir y no dejo de pensar que todo queda en nada. Y me sorprende. No conozco a nadie con tan poca fuerza de voluntad, con tan poco coraje y valentía, con tan pocas ganas de vivir como yo. Y aún así hoy puedo jurar que he luchado lo suficiente como para tener una mísera oportunidad contigo. Has sido mi única obsesión.
Cuando te vi por primera vez me planteé, en cuestión de segundos, si este combate tan ridículo había sido en vano.
A escondidas, tiempo más tarde, seguía preguntándomelo.
Esta noche he tenido los cojones de volver a formular esa pregunta y es por eso por lo que he venido aquí.
Empezaba a amanecer cuando nos despedimos y en la más profunda de las soledades me enfrenté al temor que eso suponía. ¿Sabes? Probablemente ese fue el momento más especial y sincero de todos. El momento más honesto de todos los que he vivido desde que nací. Estaba regalándote mi esencia y allí mismo se me partió en dos. Te ibas en una dirección, yo me iba en otra, y la promesa de volver a vernos quedó grabada a fuego en la noche que desaparecía lentamente.
No me enorgullezco de absolutamente nada salvo de una cosa: aún sigo peleando por perseguir ese sueño que, en el fondo, siempre ha brillado con la misma intensidad.
amanecer y que el calor asfixiante del verano se haya diluido entre gotas de agua, truenos y una brisa agradable.
arrancar pequeños pedazos de hierba a la espera de algo.
introducir los dedos en harina.
que ese olor tan extraño te golpee la nariz y en tu mente aparezca el deseo de jamás olvidarlo.
meter el secador a potencia mínima por dentro de la camiseta un enero cualquiera, mientras afuera está nevando.
escucharte dormir y sonreír levemente.
el primer trago de una cerveza negra, la primera calada de un cigarrillo húmedo.
llegar a la última página del libro, con lágrimas en los ojos, y leer despacio lo último que el autor quiso decir.
llegar a casa con la sensación de que el día fue maravilloso y sentirse completamente fuera de lugar. pero sonriendo.
dejar los cigarros a medias.
caminar por la orilla del mar de noche, hablando de nada.
escuchar una canción extremadamente familiar en el lugar exacto, en el momento justo, y saber que eras tú.
la vida jamás me trató bien. yo tampoco la traté bien a ella. es una guerra interminable, agotadora y rancia; he descubierto que la única forma de que nos entendamos es permitiendo el disfrute tímido y breve de las pequeñas cosas que podemos ofrecernos. no son muchas, pero a mí me sirven. supongo que cada uno se busca la supervivencia como puede.
a veces la convivencia se hacía imposible. inevitablemente tenía que encajar, de vez en cuando, entre esas conductas humanas tan extrañas y estúpidas y lejanas a mí. no las entendía bien. les veía agruparse, actuar como idiotas, hablar de temas banales mientras pensaban en follarse y todo eso, lo típico; bebí un poco. ni siquiera sabía bien, y se suponía que sabía bien. era un ambiente bueno, decían. todo el mundo se reía. jugaban, bailaban, se movían de un lado a otro diciendo muchas cosas a la vez. funcionaba aquella cosa, fuera lo que fuese, porque les hacía felices. cuando le cuentas esto a la gente marginada suele responder que en realidad no son felices, que la felicidad es otra cosa más profunda y exclusiva, y de veras que te crees esa mierda porque en ese momento de aislamiento piensas que eres especial, diferente y, por tanto, mejor. años más tarde descubres que todos hemos estado equivocados. la gente estúpida es feliz. la gente simple es feliz. la gente común es feliz. hablo de esos que salen los fines de semana y beben copas con amigos, de los que tienen una relación estable y bonita, de los que se quejan por el curro pero ahí siguen, de los que lloran por las noches porque no tienen un duro y demasiadas facturas que pagar. estas cosas nos suenan a todos, claro. pero hay una especie de barrera invisible que marca la distancia, la diferencia.
cuando miraba a esos idiotas me carcomía una sensación amarga. les odiaba. odiaba que se sintieran bien. porque yo me sentía increíblemente mal. sentía ganas de suicidarme. era una depresión lenta, relajada, conocida; entraba a cada trago y salía a cada calada. iba y venía a su antojo y nada se podía hacer. me sentía sola, enfadada, envidiosa, triste. y en realidad la única estúpida de ese puto local era yo. ¿qué había que hacer exactamente para encajar? ¿imitarles? no funcionaba nunca. es más, era ridículo e incómodo para todos. sabes, te ganas una reputación. eres el desgraciado que a pocos fascina y a casi todos incomoda. que siempre está amargado y lo ve todo como si fuese superior. cuando cambias esa actitud y tratas de encajar y hacer esas aburridas imitaciones y todo eso la gente desconfía. sea como sea me aislé. no aguantaba más las ganas de pegarme con alguien y que me inflasen, de llorar, de reventar en algún momento y arremeter contra el primero que se pusiera a tiro. me fui sin más.
siempre estoy peleando. es agotador.
es verdad, no me gusta la gente. no me gusta como se comporta, la actitud primaria y vomitiva. les odio a todos por igual, sin excepción. se me ha llenado la garganta de rencor y supongo que es porque a cada cosa que hago me alejo del resto, y aún creyendo que todos son estúpidos soy yo quién se siente así al final del día.
yo no he pedido esto. me fastidia. no he tenido opción, y noto que los demás siempre tienen donde escoger. a veces, cuando la gente me cuenta sus historias, sus sensaciones o su concepción de la realidad, me cambia bruscamente el humor. hacía muchos años que la felicidad ajena no me molestaba. las cosas cambian, supongo.
hay una razón por la cual detesto mi cumpleaños.
intento que me resulte indiferente. le vendo ese cuento a todos, queda bien. en realidad me deprime: se acumula un año más. nada cambia y todo va a peor. y da igual que hables de esto porque los seres humanos son incapaces de ver el todo, de abrir su mente hacia algo más allá de lo tangible que, en el fondo, no vale para nada salvo para que todo te joda tres veces más. aluden tu universidad, tu trabajo, tus amigos, tu pareja y todas esas cosas que supuestamente deberían hacerte feliz porque coño, estás avanzando, te haces adulto y todo eso. es realmente agotador. nadie entiende nada. todo el mundo está demasiado confuso, demasiado lejos.
supongo que mi sitio está al final de la barra donde la luz apenas ilumina un carajo, cerveza en una mano, cigarro en la otra, sonrisas sarcásticas llenas de veneno, conversaciones patéticas, ganas de morir. es lo de siempre, ¿sabes?
y que los demás se reúnan entre ellos.
“I felt like crying but nothing came out. it was just a sort of sad sickness, sick sad, when you can't feel any worse. I think you know it. I think everybody knows it now and then. but I think I have known it pretty often, too often.”
Cuando empecé a racionalizar mi vida, a una edad cercana a los 5 años, entendí que no pertenecía a este lugar.
5 años más tarde, inevitablemente, encontré un sitio al que pudiera, quizá, llamar hogar.
Internet siempre ha sido mi puerta a la comodidad, a la tranquilidad, al dominio y al control. Si me conoces un poco sabrás que no me gusta la gente. Es un gran esfuerzo para mí soportar el peso de la relación a largo plazo si es en persona. Gracias a internet puedo ser yo misma y desarrollar sentimientos positivos por alguien a la vez que me resguardo del contacto físico. Porque puedo disfrutar de la soledad y, a la vez, conversar con alguien. Es un poco paradójico, supongo. Aquella noche estaba buscando algo y no sabía bien qué era. Me topé con un grupo de música japonés que sólo se conocía en Asia y en América Latina. En el primer momento en el que escuché una sola de sus canciones se me inflamó el corazón; algo había vuelto a encajar. Los mecanismos se movieron hacia una dirección que siempre había estado marcada en el mapa; lo único que debía hacer era descubrirlo.
Me sentía extremadamente desgraciada, sola y perdida. No tenía ni un solo amigo. No tenía a nadie más que a ti para hablar del tiempo, de mis inquietudes, de lo mucho que odiaba mi vida. De que me sentía asfixiada en un mundo que no estaba hecho a mi medida. Me comía la ansiedad, el suicidio. Era como un pájaro encerrado en la jaula equivocada. Y en aquél momento supe que había jaulas mejores. Que tenía una oportunidad, solo una, de sobrevivir. Y que si me aferraba a la idea de traspasar toda mi desgracia a aquella cárcel de barrotes más bonita, quién sabe, quizá podría brillar con intensidad.
Fue ahí cuando tomé la firme decisión.
Casi doce años después no he cambiado de idea ni un solo segundo.
Es una seguridad. Es una certeza. No hay nada más allá. La gente tiene metas que se me antojan absurdas. Ya he escrito sobre ello: todo el mundo quiere ser feliz. Sabías de sobra que yo no podía aspirar a eso. ¿Sabes qué? Toda esta asquerosa sociedad siempre te hace creer que es lo único que importa. No es así. Desde el prisma contaminado de mis ojos te puedo asegurar que, para mí, hay cosas más importantes que eso.
Lo único que merece la pena realmente es excavar hasta lo más profundo y descubrir, de una vez por todas, qué es lo que me pasa.
Y sé que dentro de unos años, cuando vea completada mi meta, lo sabré.
Tal vez muera por el camino. Tal vez no pueda soportar el peso de mí misma y esté cavando mi propia tumba. Tal vez me decepcione y me desdibuje. Pero quiero llegar hasta el final.
Esto es jodidamente importante para mí, y ninguno de vosotros se hace una idea de hasta qué punto me duele el corazón y el cerebro por ello.
Esto es lo último que escribiré hasta que regrese, pero antes de marcharme del todo quiero que sepas algo: todo esto siempre ha tenido tu firma.
cuando conozco a una persona intento descubrir qué tipo de lucha se disputa en su interior. es relativamente fácil descubrirlo, se ve a leguas. algunos no saben gestionar la frustración. otros no son capaces de enfrentarse a la soledad, y cuando lo hacen, siempre pierden. hay otras personas que no pueden mirar a la envidia a la cara. en mi caso es simple: la decepción.
es curioso como un mísero gesto en el momento equivocado puede cambiar tanto la percepción de una persona. no es coherente dejarnos guiar por un detalle tan simple, pero, en mi caso, me llama mucho más la atención que trescientas horas de sorpresa positiva. no puedo evitarlo. quizá es porque me sorprende más que me hieran a que me hagan sentir bien. no soy tan fácil de derribar. no soy tan fácil de decepcionar, pues racionalizo todos los procesos humanos y los reduzco a lo que son, nada importante, nada serio. pero hay ciertas cosas que aunque parezcan auténticas gilipolleces, ensombrecen mi percepción y activan el área del cerebro que suele aparecer en desconectado: el rencor. el rencor por haber sido capaz de desilusionarme, de hacerme sentir débil.
¿sabes qué? han tratado de joderme muchas veces a lo largo de mi vida. han intentado acabar conmigo un millón de veces, siempre he estado peleando por un lugar en el inmenso corral en el que todos estamos atrapados. esa ha sido mi historia. y las únicas personas que han podido retorcer mis entrañas han sido aquellas a las que he querido. quizá por eso soy tan difícil de retener; de la noche a la mañana puedo apagar una parte de las muchas cosas que apreciaba de ti.
es algo que odio. es uno de mis grandes defectos. me dejo llevar en exceso por estas cosas precisamente por eso: me cuesta mucho confiar en los demás. me cuesta demasiado regalarme a mí misma. he peleado demasiado como para permitir que entren en mi mundo y lo desestabilicen con patéticos actos que se excusan bajo el pretexto de "soy humano".
no me gustan en absoluto. es la especie que más desprecio, de la que menos me siento perteneciente aunque suene ridículo.
sigo aferrándome al consejo que me diste hace años con aquello que nos pasó: "nadie es infalible". Es lo único, supongo, que me retiene a no quedarme físicamente sola.
la vida no ha hecho más que enseñarme que, a lo largo de los años, lo único que prevalece, paradójicamente, es lo efímero. me ha enseñado que todo lo que tiene un principio, tiene un final. que las cosas acaban muriendo, desapareciendo o simplemente se van transformando en algo insignificante, algo lejano al punto de partida. todas las películas y canciones y las historias en los libros y las promesas entre botellines han confundido la realidad. es algo bastante triste, si te paras a pensarlo. no parece que exista el infinito. nadie, por contra, me ha enseñado a aceptarlo. y es por eso por lo que las despedidas, los punto y final, los que te vaya bien y las últimas sombras de lo que fue me obsesionan. es la pequeña guerra que tengo en mi interior, y probablemente una de las más dolorosas; las despedidas de hace unos años aún queman dentro de mí. muchos piensan que soy estúpida, que le doy demasiada importancia. supongo que tienen razón. no es fácil adaptarse a la soledad y a la decepción, especialmente en personas que, de forma casi forzada, es lo único que han conocido.
sin embargo hay un recuerdo que custodio y que marcó una gran diferencia.
era una tarde cualquiera, anochecía, y sentía que no merecía la pena vivir. tenía planeado suicidarme. algo bastante dramático para mis 12 años, creo. el caso es que desde el otro lado de la pantalla alguien me hizo levantar un momento la cabeza, olfatear el aire, agarrarme a la absurda posibilidad de que, por una vez, algo mereciese la pena. no hubo nada que me garantizase eso, ni siquiera nos conocíamos, pero sentí el chispazo en mi cerebro. era algo que me obligaba a no morir. a escarbar entre la mugre y descubrirla a ella. a descubrirme a mí en sus ojos, en su voz al otro lado del teléfono, en las tardes tirado por el suelo aprendiendo de su ser, en las noches de inquietud, en la distancia, sabiendo que algo iba mal. a día de hoy todavía lloro al recordar lo importante que fue ese día de enero en mi vida. me salvaste, ¿sabes? Con tu extraña luz, con tu calor insoportable y tu facilidad tan odiosa de colarte en mis barreras de acero me hiciste entender que merecía la pena levantar la cabeza y mirar hacia arriba.
sin darte cuenta me hiciste creer que hay cosas que no se diluyen en el tiempo. que, a veces, las excepciones pueden llegar a cambiarte toda una vida.
hace poco tiempo te hice una promesa. es una de las pocas cosas que he logrado cumplir. y no puedo evitar acordarme de aquél momento en el cual ya firmamos ese acuerdo, sin ni siquiera ser conscientes de ello.